sábado, 30 de agosto de 2014

Maleta dirección España

He tenido la grandísima suerte de topar con gente maja y apañada que me ha ahorrado unos dineros. Como tenía que mandar cosas a España (porque no me planteo ni de broma irme con un mochilón por Asia), estaba un poco asustada por lo que me iba a costar mandar una buena maleta con cosas varias, pero especialmente jerseys (aquí ya no queda mucho tiempo de frío y no me merece la pena llevarme diez jerseys a Asia por razones obvias).
Hará un mes o dos, conocí a Sergio, un español que se está encargado de coordinar un poco el nacimiento de la Marea Granate (merece la pena que echéis un ojo) en New Zealand. Tanto él como Eva, su novia, son de Madrid. Y gente muy agradable, la verdad. Eva se fue a Madrid de vacaciones saliendo justo el mismo día que Miguel y yo destino Tonga, el 18 de agosto. Así que pude mandar con ella mi maleta, y no sólo me salió más barato que mandarla a través de una compañía chupasangres (le pregunté a Eva si podía pagarle la facturación de una segunda maleta porque eso sería infinitamente más barato que los envíos por empresas privadas y hasta por el Post office neozelandés, el equivalente a Correos en España), sino que me ha salido gratis porque Eva tenía derecho a llevar dos maletas y sólo llevaba una. Nos hemos gastado lo que ha costado la maleta.

viernes, 15 de agosto de 2014

Miguel se ha comprado unas sandalias para Tonga y anoche se paseaba por casa con ellas, etiqueta colgando. Yo me he comprado una especie de zapatillas extrañas que consisten, básicamente, en una telilla que me recubre el pie con una suela dura para poder entrar en el agua con ellas. El objetivo es poder meternos allá donde haya rocas y/o corales. Qué paletez la mía. Ni siquiera sabía que existiera algo así.
Hoy es viernes por la mañana y nos vamos el lunes por la mañana. 
Me acaban de mandar un correo desde Air New Zealand con "consejillos prácticos" para nuestro viaje.
Ay, ay, ay, ay...

jueves, 14 de agosto de 2014

Me ha salido un callo en la parte derecha de la segunda falange del dedo índice de la mano izquierda por polillar (polishar con acento argentino) vasos. Y os cuento que polillar es la versión españolizada del verbo inglés to polish, que significa "abrillantar, pulir". Vamos, secar vasos con un puto trapo. Por lo demás, todo bien. Pero ese callo es la representación gráfica de mi hartura. 
Hoy es jueves y el lunes nos vamos a Tonga, así que el culo casi me huele a playa, pero estoy tocando fondo. Y no es sólo por el agotamiento del trabajo (físico, pero ante todo mental) sino también porque estoy cansada de no saber a qué atenerme. Mark, mi jefe, es buena gente. No lo dudo. Pero me pone muy nerviosa su extraño gusto por mostrar que tiene el poder no dejando que me aferre a hechos o a seguridades. Después de lo que me costó pasar un mes sin un día libre, una de las premisas para quedarme en El Faro era saber con seguridad que podría descansar un día todas las semanas. Como las últimas semanas estoy teniendo el jueves, di por hecho que podía seguir siendo así. Y resulta que me ofrecieron trabajar dos jueves en septiembre en la academia en la que estuve unos meses al principio. Toda contenta, pregunté a Mark sólo por confirmar, dando por hecho que sería posible. Pero no. De pronto volvió a salirle esa vena de "aquí mando yo" y me dijo que no estaba preparando todavía el horario de septiembre. A mi impecable reflexión (de lunes a miércoles no puedo librar porque Ludmila no trabaja y yo hago falta, de viernes a domingo, por razones obvias, no viene a cuento librar, luego...sólo queda el jueves para que (siga siendo) sea mi día libre) me contestó que estaba pensando darme el domingo...pero luego me dijo que ahora se avecinan shows y que me necesita de jueves a domingo. ¿Entonces? Ya estamos otra vez igual. Seguro que alguna semana no puedo descansar ningún día y, sobre todo, ya soy otra vez el comodín. Primero lo fui con la excusa de que había pedido trabajar más horas (sí, pedí más horas, no todos los días de la semana) y ahora será porque...porque...¡da igual por qué! El caso es que ahora volverá a ser lo que él quiera y yo me he quedado sin poder trabajar en la academia dos semanas, que era un buen dinero y que, además, me gusta más que polillar vasos. Era por dejar que mi callo descansara...
Pero bueno, esto ya está casi hecho. 
Aunque me aburro de la rutina, la realidad es que luego los días en El Faro se pasan bien porque con la gente hay buen rollo y porque nuestro trabajo no es complejo ni demasiado cansado. Me llevo especialmente bien con Héctor, el chef colombiano del que ya he hablado y al que tengo mucho cariño y me entiendo bien en lo que al trabajo se refiere con Ludmila, que también es buena onda. A pesar de las cosas que cuento de Mark, también me llevo bien con él. A su manera, sé que me valora y me aprecia. Está contento de que esté trabajando allí, yo lo sé. Pero de vez en cuando esas salidas me descolocan. Y a pesar de todo, siempre consigue convencerme de que lo que él dice y decide tiene sentido. Después de ese encontronazo, me contó el razonamiento que había seguido para decirme que no podía darme esos dos jueves y me convenció. O yo soy muy tonta o él es muy listo. Pero así siguen pasando los días...
Afuera llueve como si no hubiera un mañana y sale el sol repentinamente mientras yo muevo los dedos por el teclado. Y eso me sigue descolocando, la verdad. En hora y media que llevo ante el ordenador ha llovido y salido el sol tres o cuatro veces. No me acostumbro.
Las ganas, la ilusión y las esperanzas que tengo depositadas en el viaje a Tonga son...too much. Estoy deseándolo.
Cuando vuelva os contaré mejor cómo ha sido todo, pero ya os adelanto que vamos a pasar cinco días en una isla llamada Uoleva que no tiene electricidad y que está deshabitada. Sólo hay dos guest house y un resort. Y parece ser que funcionan con paneles solares, por lo que puede haber luz, pero no hay enchufes. Y, por supuesto, no hay Internet...¡desconexión total!

miércoles, 6 de agosto de 2014

Actualizaciones

Es obvio que esto está decayendo...Y no lo digo sólo porque hable de chirivías y nabos suecos.
Al principio tenía un montón de ilusiones depositadas en este espacio, pero sobre todo...tenía un montón de tiempo libre. Empecé trabajando muy pocas horas en el restaurante y además tenía horarios bastante diferentes a los de Miguel, lo cual suponía que pasaba bastante tiempo sola. La soledad invita a meditar y, por ende, a escribir. Últimamente, sin embargo, trabajo mucho más y paso más tiempo con Miguel, lo que hace que el tiempo para escribir aquí se vea limitado. 
Además, a veces siento que aburro dando datos técnicos, detalles vitales que son importantes en el día a día, pero que me da pereza relatar. Y como últimamente hemos vivido mucho de eso (tediosas historias), creo que he entrado en el bucle de no escribir por no saber cómo empezar a contarlos...
Bien es verdad que ha habido un tercer motivo en mi abandono del blog, no menos importante: el puto ordenador. Por unas cosas o por otras, no ha parado de dar problemas desde que llegamos a este lado del mundo, pero últimamente se estaba superando...Se apagaba cada dos por tres. Fue toda una odisea. Resulta que los portátiles, además de la batería "normal", la que todo el mundo conoce, también tienen una que se llama batería CMOS, que es una pila de botón que podría ser considerada la batería interna. Pues bien, resulta que eso era lo que teníamos jodido. Miguel abrió el ordenador, la sacó y nos encontramos con que todo el mundo ponía cara de póquer cuando veía la maldita pila. Conclusión: no hemos encontrado un recambio. Cuando todo parecía sucumbir ante nuestras narices (porque la idea de comprar un ordenador nuevo no nos motivaba nada...), apareció Héctor, nuestro compañero del trabajo, con su inestimable bondad, y nos regaló un ordenador antiguo que tenía por casa y que apenas usaban. Gracias a combinaciones entre uno y otro y después de descubrir que también tenemos roto el cargador, ahora vamos tirando y al menos ya no se apaga...¿Veis? Historias aburridas que da pereza contar. Pero justifico mi más que reiterada ausencia por estos lares. 
Con respecto a las cuestiones técnicas a las que aludía más arriba, voy a hacer un ejercicio de síntesis (cosa que nunca me ha resultado fácil) y voy a intentar referirme a ellas de la forma más breve posible: 
Nuestro (maravilloso) visado, que se llama Working holiday visa, nos permite vivir en el país un año, pero no podemos trabajar más de seis meses (de ahí de lo de working -trabajar- holiday -vacaciones-) o, visto de otro modo, es un sacacuartos mediante el cual pretenden evitar que el dinero que ganes en New Zealand salga de aquí. Es un poco como "gana dinero y luego gástalo aquí". Pero si eso no fuera suficiente, no podemos trabajar más de tres meses para el mismo empleador, así que de los creadores de "gana dinero y luego gástalo aquí", podemos añadir "y mientras terminas con un empleador y encuentras otro, sigue gastando y así te queda menos para tus vacaciones y nos aseguramos más aún de que el dinero se queda aquí, en las jodidas antípodas, donde Cristo perdió la sandalia y no para de llover". Bueno, ya me estoy enrollando más de la cuenta. Es que no lo puedo evitar...
Donde pretendo llegar es a la situación en las que nos encontrá(ba)mos: Miguel gastó los tres primeros meses en el primer sitio donde trabajó y después de empezar en cash (eufemismo para decir "en negro") en el restaurante donde ahora trabajamos juntxs, pidió el contrato, que se le termina dentro de unos pocos días. Con el fin de ese contrato, terminan sus seis meses legales. Mi caso es parecido, pero no exactamente igual. Desde el 15 de diciembre que empecé en El Faro (a estas alturas tenemos que poner nombre al restaurante) hasta el 10 de mayo que pedí el contrato, trabajé en cash. Eso quiere decir que en mi caso el 10 de agosto terminan mis tres primeros meses, lo que me obligaría a cambiar de empleador, pero sí podría buscar trabajo legal en otro sitio. El problema es que cambiar de trabajo, además del dinero que podría perder por el camino mientras lo encuentro y me asiento, da pereza porque estoy muy bien donde estoy. Me llevo bien con todo el mundo, estoy a gusto, tengo confianza, confían en mí, tengo un puesto que creo no voy a alcanzar en otro sitio llegando de nuevas y sólo para los menos de dos meses que me quedarían cuando ese momento llegara...
Me daba pereza referirme a los datos técnicos, pero me da mucha más pereza contar cómo se han ido desarrollando los acontecimientos hasta el día de hoy. Entrar en el bucle de no escribir porque se tiene mucho que contar es malo porque cada vez hay más cosas que contar y cada vez se atisba menos por dónde cogerlo para relatar correctamente todo. Así que podemos decir que habéis tenido suerte y al ser incapaz de rememorar los acontecimientos uno por uno, podemos dejarlo en que las conversaciones con Mark, nuestro jefe, fueron largas y tediosas. Desarrollamos una capacidad comprensiva y expresiva en inglés que no creíamos tener cuando, de pronto, de un día para otro, nos dijo que no iba a seguir pagándonos en cash, así que o incumplíamos el visado o...puerta. Mi caso no era tan dramático, insisto, porque aún me queda visado para llamar a otra puerta, pero Miguel...
En definitiva, y aunque por el camino han quedado los avatares pasados, las conversaciones, los subeybaja, las posibilidades, los temores...más o menos parece que hemos sido capaces de resolver el entuerto. 
De momento sólo miramos los días que faltan para el 18 de agosto, lunes que volamos a Tonga. No podéis imaginar las ganas que tenemos...Ya es necesidad, de verdad. Después pretendemos trabajar más o menos otro mes y medio más, o un pelín más, y a mediados/finales de octubre nos vamos de aquí. La idea es irnos a hacer un wwoofing, que no es más que ir a un lugar en el campo a trabajar unas horitas gratis a cambio de casa y comida. Esa es una de las opciones que me planteé yo durante el transcurso de los acontecimientos en El Faro. Pensé que Miguel se quedara aquí trabajando mientras yo me iba a esperarle descansando en el campo. Pero finalmente he decidido esforzarme otro poco más para irme con más ahorros.
Ya os digo que la semana y pico que ha mediado desde que Mark nos dijo que no podía pagarnos en cash cuando terminara nuestro contrato hasta el día de hoy ha sido intensa. Muchas cosas, muchos esfuerzos mentales...Desgaste. Enfado. Frustración. Pero hay una cosa que tengo clara: todo lo que hagamos, vamos a hacerlo bien. Sea lo que sea, pase lo que pase, hacemos un buen equipo y sabemos levantarnos de nuevo. De momento, parece que hemos escogido la opción correcta (sobre todo hablo por mí, que sí tenía opciones...Miguel, quisiera o no, tenía que quedarse acatando las decisiones de Mark). Creo que hago lo correcto quedándome en El Faro. Ayer le di la respuesta definitiva a Mark. 

En otro orden de cosas, puedo seguir contando trivialidades sin demasiada importancia, pero divertidas. Por ejemplo, mi experiencia festiva el pasado viernes (¡ja!). 
Tengo un alumno de español que se llama Max y es de Taiwan (aunque vive en New Zealand desde que tenía 5 años y no sabe hablar taiwanés) con el que doy dos horas de clase todos los viernes. El viernes pasado me preguntó qué iba a hacer por la noche y me dijo que sus amigos y él iban a salir y que si quería ir con ellos. Cuando salí de trabajar a eso de las once le mandé un mensaje para ver dónde estaban, me tomé una copa de vino con Ludmila -la manager del restaurante- y Whitney -una kiwi que habla español perfecto- y después me fui con Whitney al bar donde estaba Max. Muy divertido todo. Resultó que Max es gay y el bar era un bar gay. Estaba allí con su novio y nos reímos un rato ("I´m a little drunk" -estoy un poco borracho- según me vio). Lo demás vino rodado. El caso es que yo me había tomado dos o tres cervezas cuando Whitney y yo tuvimos la idea de tomarnos un chupito de Jägermeister (o la bebida del infierno). No daré más detalles porque aún tengo una dignidad que quiero conservar. Podemos decir, simplemente, que al día siguiente, sábado, trabajé de 12 a 15 y después de 16:30 a 23:00. Y como dato, añadiré que NUNCA en los casi ocho meses que llevo en el restaurante habíamos hecho una caja como la de ese día. Era el último día de un festival de cine muy importante que se celebra una vez al año en Auckland y hubo muchísimo trabajo. MUCHÍSIMO. Y yo con mi resaca. Creo que ha sido suficiente información. Casi me da algo...¡Pero sobreviví! Y el lunes a las ocho de la mañana tuve otra fiesta, esta vez por el cumpleaños de las gemelas de Héctor, que han cumplido dos años. Para comérselas...
Como somos inmigrantes y todxs trabajamos todo el rato, el único momento en que podíamos juntarnos todxs era en el desayuno así que quedamos de 8 a 8:30 y allí estuvimos hasta las 10 y algo. Hacía meses y meses que no me levantaba a esas horas...pero mereció la pena.
Si os digo la verdad, aunque no nos parecemos en muchas cosas importantes de la vida, he cogido mucho cariño a mis compis del trabajo. Lo importante es que son buena gente. Y aquí son una especie de familia. Pasamos muchas horas juntxs y nos queremos y respetamos. Héctor es una persona maravillosa y se está portando muy bien tanto con Miguel como conmigo. Lo ha hecho desde el principio y lo sigue haciendo. Le debemos bastante. 
Pasamos un desayuno agradable, nos pusimos hasta el culo de croissants y de torta (como ellxs llaman a la tarta) y por fin conocí a sus hijas, de las que tanto nos habla y a las que sólo había visto en foto. 
Miguel les compró un puzzle en 3D y un xilófono y teníais que ver cómo arreaban al xilófono...¡ja! Pero Miguel no vino porque había hecho dobles el sábado y el domingo y aún le quedaban dobles el lunes y el martes, así que ese madrugón en medio de cuatro turnos dobles le superaba.

Por regla general, no suelo ser mucho de relatar cotidianidades. Me cuesta y, hasta cierto punto, me aburre. Me gusta más escribir cosas más...más...no sé muy bien cómo definirlo. ¿Más elevadas? ¿Personales? Pero tampoco sé si éste es lugar. El cuaderno que con tanto amor me cosió mi amiga Carmen guarda en su interior palabras que se mueven en esa línea. Pero como los meses pasan y estáis muy lejos...he decidido hacer una entrada de datos técnicos y de detalles sobre nuestros días para que nos sintáis un poco más cerca y para que sepáis que os pienso y os echo de menos. 

Tengo que confesar que hace un par de semanas pasé un pequeño bachecillo. De pronto me sentí un poco sola en el mundo. Os juro que en algunos momentos puedo llegar a estar completamente sola. Cuando Miguel trabaja por la mañana y yo no, a la vez todxs vosotrxs dormís porque allí es plena madrugada. Me hizo gracia que el otro día Miguel me contó que él también ha pensado eso alguna vez. Es lo más parecido a estar sola en el mundo. Y, como digo, hace unas semanas, me pegó duro. De repente sentí que mi gente estaba, en general, más lejos que estos 20.000 km. Os eché de menos y sentí que no estabais. En general. Sé que es ambiguo y ahora me cuesta rememorarlo porque lo he superado. Pero me dolía algo por dentro. Y súbitamente, como si de pronto hubierais sentido lo que me pasaba, en poco tiempo empecé a recibir WhatsApp pidiéndome conversaciones de Skype o preguntándome cómo estaba. Curioso, bonito y dulce. Conexiones ultramarinas. 
Lo que tengo muy claro es que esta experiencia me está sirviendo mucho para encontrarme contigo misma, para sentirme más que nunca, para conocerme, respetarme y aceptarme. A veces echo de menos tener más tiempo para mí misma (ya os digo que sólo trabajo, hago la comida, me ducho y veo "Juego de tronos" -ja-), pero de aquí a poco (según volvamos de Tonga) parece que vamos a empezar a trabajar menos horas (ya no me importa ahorrar menos) y creo que podré encontrar el hueco que necesito para empezar a escribir la novela que se fragua en mi interior. Tengo mucho que decir y a veces sueño con dedicarme a escribir. Me haría extremadamente feliz. Y, creedme, ahora ya creo que todo es posible. 
Quiero escribir, viajar y soñar.

martes, 22 de julio de 2014

¿Habéis visto alguna vez un nabo sueco? ¿Y una chirivía? A mi el nombre de la segunda me sonaba, pero del primero ni siquiera había oído hablar. Pues nos acabamos de tomar una sopa de nabo sueco, chirivía, cebolla, zanahoria y apio. El otro día compramos una bandeja de verduras para sopa (como los preparados que venden en España para hacer sopa de cocido, ya sabéis, que te ponen un poquito de cada cosa) y hoy he hecho una sopa con ellas, añadiendo alguna pastilla de caldo vegetal y tamarindo. Después he sofrito tofu y le he añadido garbanzos.
Os preguntaréis por qué os cuento esto. Es sencillo: porque tengo un pequeño rato mientras Miguel termina de echarse la siesta. Y como el nabo sueco me ha sorprendido, he querido compartir la experiencia.
Esto es un nabo sueco:

Y esto es una chirivía, que se puede parecer a una zanahoria a primera vista aunque es blanca, pero en realidad no tiene nada que ver. 

Así sigo aprendiendo a cocinar y comer cosas nuevas.
¡Qué feliz soy comiendo plantas! ¡Ja!

Otro día volveré para contar más cosas.

Ah, por cierto, nabo sueco, nabicol o colinabo en inglés se dice "swede" y chirivía es "parsnip". "Celery" es apio. Éste último se come mucho aquí. Lo echan hasta en las ensaladas.

miércoles, 9 de julio de 2014

Hoy tengo el día libre. Sí. Hacía un mes que no tenía un día entero para mí. Y cuando digo "un mes" quiero decir "un mes". Mi último día libre fue el 8 de junio y hoy, como veis, es 9 de julio (¡diez días para el cumpleaños de mi madre querida! voy a sentir tanto no estar allí...). 
Los vericuetos que me han llevado hasta esta situación no son asunto que ahora me interese, así que quizá los trate en otro momento. Ahora sólo quiero disfrutar de este día. Hace un asco de tiempo. El invierno es invierno. No hay nada más triste que el invierno. Cada vez lo soporto menos. Pero a la vez siento que madurar puede ser sonreír al invierno. Y yo tengo motivos. Si fuera hace frío, llueve o el viento alcanza los 200 km por hora (es literal) ese no es mi problema. Si el cielo está gris, yo no. Entre las cuatro paredes a las que llamamos casa y en las que nos sentimos en un hogar suena la guitarra de Miguel mientras yo leo y escribo. Mi padre me ha mandado unos cuentos de Pío Baroja que me han inspirado. Me encantan. Me estoy bebiendo una cerveza mientras Miguel canta y escribo ideas en el cuaderno maravillosamente cosido que me regaló mi amiga Carmen, salido de sus propias manos. 
Esta mañana me he levantado rara. No podría decir de mal humor porque siento que ese estado no cabe en mí, pero estaba momentáneamente a disgusto con la vida. No lo sé, pero quizá ha habido algo de miedo a que el día pasara rápido. No es normal la velocidad a la que se nos escapa la vida...Pero el día está pasando al ritmo normal de las horas y yo estoy contenta. Sonrío como tonta a ratos. Mientras estamos metidxs en la rutina de trabajar, comer y dormir (cosa en la que se ha convertido nuestra vida en los últimos tiempos) el ritmo frenético de los minutos me asusta. Sin embargo hoy el reloj va más despacio, como solía hacerlo. Parece que nos ha dado una tregua. Y esto me está dando energía para superar otra vez los días que se presentan. El chute de energía que supuso el día de mi cumpleaños me ha valido casi un mes. Este día volverá a ser energía a partir de mañana. Espero poder tener un día libre la semana que viene, pero como no estoy segura, me aferro a la seguridad de que el de hoy sí lo tengo y me conformo, no porque yo sea conformista sino porque disfruto aprendiendo a saborear cada segundo. La oportunidad de ser feliz está ahí, a cada paso. Y a veces nos empeñamos en grandes gestas. 
La mañana no me inspira como la tarde. ¿Por qué? No lo sé. Pero creo que tiene algo que ver con la cercanía de la oscuridad. Nada me inspira más que la noche. Debo tener algo de murciélago o de lechuza. Por cierto, esto me recuerda que el nivel de empatía que estoy alcanzado con el resto de los animales a veces hasta me asusta. Nada me inspira más que la noche y nada me enamora más que la naturaleza libre. Es muy probable que en Tonga podamos nadar con ballenas (en su medio natural, obviamente) y los vídeos que he estado viendo de esos inmensos animales moviéndose sobre sí mismos alrededor de personas como si retozaran...¡ay!
A lo que iba (que ya no sé qué era)...ésta es la disertación que me sale de los dedos sin pensar mientras disfruto de una tarde libre junto a Miguel (bien podría haber dicho una cosa cursi en vez de su nombre, pero yo no soy así). 
La conclusión es que si las horas pasan deprisa mientras estamos dentro de la rutina, y eso me asustaba (reflexiones sobre el devenir del tiempo y su inexorabilidad -esa palabra que siempre aparece junto a la palabra "tiempo", pero es cualquier cosa que no se pueda evitar-), cuando vuelvo a estar en mí, haciendo lo que me apetece, el reloj retoma el ritmo habitual. Me gusta imaginar una vida lenta porque lo lento se disfruta más y el único fin de la vida debería ser disfrutar. El fin último es la felicidad, de esto estoy segura. A ver quién dice lo contrario.

sábado, 28 de junio de 2014

Os escribo estas líneas a una distancia de unos 20.000 kilómetros, lo que no es moco de pavo (¿de dónde vendrá esa expresión? Nunca he conseguido averiguarlo...¿Sabéis ese tipo de cosas en las que sólo piensas de vez en cuando y nunca en el momento propicio para buscar la respuesta?), pero a veces parecen sólo diez kilómetros y otras veces me parece que estoy en la luna (en todos los sentidos: en ese figurado de estar en Babia -otra...¿de dónde vendrá esa?-; y porque me parece estar más lejos aún que en New Zealand...20.000 kilómetros a veces me parecen pocos a pesar de que, estando en la Tierra, no habría forma humana de que hubiera más distancia. 
Estoy cansada (físicamente sobre todo, ¿eh?, que no cunda el pánico), pero queda poco para que termine lo que se ha tornado en pesadilla).
Las dos últimas semanas he estado trabajando en otro sitio y resulta que coincidiendo con mi comienzo en este  nuevo lugar -se llama Tank juice bar y es una franquicia que invade Auckland -la también conocida como laciudaddondelleuevetodoslosputosdíasyavecescomosinohubieraunmañana -jodiendoelparaguassúperguayqueMiguelregalóaMíriamporsucumpleañosporqueademásdelloverhaceunvientoquedespeinaauncalvo- donde hacen zumos y ensaladas ("uuh....qué guay..." pensaréis algunxs)- mi jefe del restaurante decidió que me necesitaba los siete días de la semana -menos mal que la semana sólo tiene siete días...). Eso significa que mi último día libre fue el 8 de junio (os remito a la fecha de publicación de esta entrega para decir "uuh...eso no es guay"). La semana pasada trabajé 64 horas. Supongo que eso vale como dato. Quizá así justifique mejor mi ausencia por estos lugares. Pero ésta no se debe sólo a que he trabajado mañana y tarde prácticamente los últimos 20 días sino también (otra vez...) a que el ordenador está jodido. Pero con personalidad. A veces se apaga sin mediar palabra (así es él) y sí, es como la tercera o cuarta vez desde que estamos aquí que se rompe. El caso es que la intensidad y la frecuencia de los apagones va en aumento conforme pasan los días y yo, con esta presión, no puedo escribir. Hoy me he decidido porque he publicado antes una entrada en mi otro blog (¿conocéis mi otro blog? es éste) y ya me he venido arriba y he dicho: "pues ala, a lo loco, publico también en el de las antípodas). La realidad es que llevaba una semana entera sin tener una mañana libre (sólo es la mañana, ¿eh? que a las cinco trabajo en el restaurante) y como estoy animada porque mañana es el último día en el infierno de las frutas, he decidido pasarme por aquí arriesgándome a que el bicho éste se apague llevándose consigo todas mis ideas -vale, sí, he dramatizado; se llevaría la plasmación de mis ideas-. 
Últimamente pienso mucho en cosas que me gustaría escribir y a veces me enfado con él por apagarse. Siento que está coartando mi libertad de expresión, como si de Gallardón o Rajoy se tratase, pero soy consciente de que podría escribir con un boli sobre un papel. Alguna cosa he vomitado por ahí. Pero no podemos negar que se escribe más rápido con teclas. 
Venía pensando que tengo que escribir sobre el Tank y ahora me da una pereza infinita. Podemos resumir las dos últimas semanas de la siguiente forma: trabajamos una india (la manager), un indio (Manpreet, que se cree muy guay) y yo. Y lo de "trabajamos" en plural es una forma de hablar porque más bien trabajo yo y ellxs me van diciendo lo que tengo que hacer. Es increíble...Tienen dos problemas: mucho morro y una obsesión con no dejarme parar ni un minuto. Por pedirme que haga cosas cuando no hay nada que hacer me han llegado a pedir que limpie unas paredes blancas impolutas o que vacíe una nevera para limpiar cada balda y las dos puertas cuando todo estaba ya limpi0. Una se siente un poco estúpida limpiando cosas que ya están limpias...
Los primeros días llegaba a casa con un dolor de espalda infernal fruto de la tensión acumulada y del trabajo físico. Según han ido pasando los días, me he ido relajando y ya se ha quedado sólo en el cansancio físico...Al principio, como buena novata que actuaba bajo la presión de cuatro ojos inquisidores (dos más que los otros dos...jodido Manpreet), me ponía nerviosa y hacía torpezas nada propias de mi persona. Pero ahora ya podría hacerlo mejor que ellxs dos juntxs. 
Podría entrar en detalles y anécdotas, pero me da pereza. Acaba de llegar Miguel a casa y quiero hacerle compañía mientras come. Le he hecho una tarta de queso sorpresa que no sé cómo estará.
Esta entrada, que parece más fruto de la desidia que de otra cosa, llega a su fin. 
Intentaré volver pronto para relataros mis aventuras en el Tank. Esa entrada se llamará "de cómo me putearon entre frutas" y el título llevará el verbo en pasado porque ya habré terminado de trabajar allí.
Besos desde otro hemisferio o desde el mismo según desde dónde me leáis.