jueves, 14 de agosto de 2014

Me ha salido un callo en la parte derecha de la segunda falange del dedo índice de la mano izquierda por polillar (polishar con acento argentino) vasos. Y os cuento que polillar es la versión españolizada del verbo inglés to polish, que significa "abrillantar, pulir". Vamos, secar vasos con un puto trapo. Por lo demás, todo bien. Pero ese callo es la representación gráfica de mi hartura. 
Hoy es jueves y el lunes nos vamos a Tonga, así que el culo casi me huele a playa, pero estoy tocando fondo. Y no es sólo por el agotamiento del trabajo (físico, pero ante todo mental) sino también porque estoy cansada de no saber a qué atenerme. Mark, mi jefe, es buena gente. No lo dudo. Pero me pone muy nerviosa su extraño gusto por mostrar que tiene el poder no dejando que me aferre a hechos o a seguridades. Después de lo que me costó pasar un mes sin un día libre, una de las premisas para quedarme en El Faro era saber con seguridad que podría descansar un día todas las semanas. Como las últimas semanas estoy teniendo el jueves, di por hecho que podía seguir siendo así. Y resulta que me ofrecieron trabajar dos jueves en septiembre en la academia en la que estuve unos meses al principio. Toda contenta, pregunté a Mark sólo por confirmar, dando por hecho que sería posible. Pero no. De pronto volvió a salirle esa vena de "aquí mando yo" y me dijo que no estaba preparando todavía el horario de septiembre. A mi impecable reflexión (de lunes a miércoles no puedo librar porque Ludmila no trabaja y yo hago falta, de viernes a domingo, por razones obvias, no viene a cuento librar, luego...sólo queda el jueves para que (siga siendo) sea mi día libre) me contestó que estaba pensando darme el domingo...pero luego me dijo que ahora se avecinan shows y que me necesita de jueves a domingo. ¿Entonces? Ya estamos otra vez igual. Seguro que alguna semana no puedo descansar ningún día y, sobre todo, ya soy otra vez el comodín. Primero lo fui con la excusa de que había pedido trabajar más horas (sí, pedí más horas, no todos los días de la semana) y ahora será porque...porque...¡da igual por qué! El caso es que ahora volverá a ser lo que él quiera y yo me he quedado sin poder trabajar en la academia dos semanas, que era un buen dinero y que, además, me gusta más que polillar vasos. Era por dejar que mi callo descansara...
Pero bueno, esto ya está casi hecho. 
Aunque me aburro de la rutina, la realidad es que luego los días en El Faro se pasan bien porque con la gente hay buen rollo y porque nuestro trabajo no es complejo ni demasiado cansado. Me llevo especialmente bien con Héctor, el chef colombiano del que ya he hablado y al que tengo mucho cariño y me entiendo bien en lo que al trabajo se refiere con Ludmila, que también es buena onda. A pesar de las cosas que cuento de Mark, también me llevo bien con él. A su manera, sé que me valora y me aprecia. Está contento de que esté trabajando allí, yo lo sé. Pero de vez en cuando esas salidas me descolocan. Y a pesar de todo, siempre consigue convencerme de que lo que él dice y decide tiene sentido. Después de ese encontronazo, me contó el razonamiento que había seguido para decirme que no podía darme esos dos jueves y me convenció. O yo soy muy tonta o él es muy listo. Pero así siguen pasando los días...
Afuera llueve como si no hubiera un mañana y sale el sol repentinamente mientras yo muevo los dedos por el teclado. Y eso me sigue descolocando, la verdad. En hora y media que llevo ante el ordenador ha llovido y salido el sol tres o cuatro veces. No me acostumbro.
Las ganas, la ilusión y las esperanzas que tengo depositadas en el viaje a Tonga son...too much. Estoy deseándolo.
Cuando vuelva os contaré mejor cómo ha sido todo, pero ya os adelanto que vamos a pasar cinco días en una isla llamada Uoleva que no tiene electricidad y que está deshabitada. Sólo hay dos guest house y un resort. Y parece ser que funcionan con paneles solares, por lo que puede haber luz, pero no hay enchufes. Y, por supuesto, no hay Internet...¡desconexión total!

miércoles, 6 de agosto de 2014

Actualizaciones

Es obvio que esto está decayendo...Y no lo digo sólo porque hable de chirivías y nabos suecos.
Al principio tenía un montón de ilusiones depositadas en este espacio, pero sobre todo...tenía un montón de tiempo libre. Empecé trabajando muy pocas horas en el restaurante y además tenía horarios bastante diferentes a los de Miguel, lo cual suponía que pasaba bastante tiempo sola. La soledad invita a meditar y, por ende, a escribir. Últimamente, sin embargo, trabajo mucho más y paso más tiempo con Miguel, lo que hace que el tiempo para escribir aquí se vea limitado. 
Además, a veces siento que aburro dando datos técnicos, detalles vitales que son importantes en el día a día, pero que me da pereza relatar. Y como últimamente hemos vivido mucho de eso (tediosas historias), creo que he entrado en el bucle de no escribir por no saber cómo empezar a contarlos...
Bien es verdad que ha habido un tercer motivo en mi abandono del blog, no menos importante: el puto ordenador. Por unas cosas o por otras, no ha parado de dar problemas desde que llegamos a este lado del mundo, pero últimamente se estaba superando...Se apagaba cada dos por tres. Fue toda una odisea. Resulta que los portátiles, además de la batería "normal", la que todo el mundo conoce, también tienen una que se llama batería CMOS, que es una pila de botón que podría ser considerada la batería interna. Pues bien, resulta que eso era lo que teníamos jodido. Miguel abrió el ordenador, la sacó y nos encontramos con que todo el mundo ponía cara de póquer cuando veía la maldita pila. Conclusión: no hemos encontrado un recambio. Cuando todo parecía sucumbir ante nuestras narices (porque la idea de comprar un ordenador nuevo no nos motivaba nada...), apareció Héctor, nuestro compañero del trabajo, con su inestimable bondad, y nos regaló un ordenador antiguo que tenía por casa y que apenas usaban. Gracias a combinaciones entre uno y otro y después de descubrir que también tenemos roto el cargador, ahora vamos tirando y al menos ya no se apaga...¿Veis? Historias aburridas que da pereza contar. Pero justifico mi más que reiterada ausencia por estos lares. 
Con respecto a las cuestiones técnicas a las que aludía más arriba, voy a hacer un ejercicio de síntesis (cosa que nunca me ha resultado fácil) y voy a intentar referirme a ellas de la forma más breve posible: 
Nuestro (maravilloso) visado, que se llama Working holiday visa, nos permite vivir en el país un año, pero no podemos trabajar más de seis meses (de ahí de lo de working -trabajar- holiday -vacaciones-) o, visto de otro modo, es un sacacuartos mediante el cual pretenden evitar que el dinero que ganes en New Zealand salga de aquí. Es un poco como "gana dinero y luego gástalo aquí". Pero si eso no fuera suficiente, no podemos trabajar más de tres meses para el mismo empleador, así que de los creadores de "gana dinero y luego gástalo aquí", podemos añadir "y mientras terminas con un empleador y encuentras otro, sigue gastando y así te queda menos para tus vacaciones y nos aseguramos más aún de que el dinero se queda aquí, en las jodidas antípodas, donde Cristo perdió la sandalia y no para de llover". Bueno, ya me estoy enrollando más de la cuenta. Es que no lo puedo evitar...
Donde pretendo llegar es a la situación en las que nos encontrá(ba)mos: Miguel gastó los tres primeros meses en el primer sitio donde trabajó y después de empezar en cash (eufemismo para decir "en negro") en el restaurante donde ahora trabajamos juntxs, pidió el contrato, que se le termina dentro de unos pocos días. Con el fin de ese contrato, terminan sus seis meses legales. Mi caso es parecido, pero no exactamente igual. Desde el 15 de diciembre que empecé en El Faro (a estas alturas tenemos que poner nombre al restaurante) hasta el 10 de mayo que pedí el contrato, trabajé en cash. Eso quiere decir que en mi caso el 10 de agosto terminan mis tres primeros meses, lo que me obligaría a cambiar de empleador, pero sí podría buscar trabajo legal en otro sitio. El problema es que cambiar de trabajo, además del dinero que podría perder por el camino mientras lo encuentro y me asiento, da pereza porque estoy muy bien donde estoy. Me llevo bien con todo el mundo, estoy a gusto, tengo confianza, confían en mí, tengo un puesto que creo no voy a alcanzar en otro sitio llegando de nuevas y sólo para los menos de dos meses que me quedarían cuando ese momento llegara...
Me daba pereza referirme a los datos técnicos, pero me da mucha más pereza contar cómo se han ido desarrollando los acontecimientos hasta el día de hoy. Entrar en el bucle de no escribir porque se tiene mucho que contar es malo porque cada vez hay más cosas que contar y cada vez se atisba menos por dónde cogerlo para relatar correctamente todo. Así que podemos decir que habéis tenido suerte y al ser incapaz de rememorar los acontecimientos uno por uno, podemos dejarlo en que las conversaciones con Mark, nuestro jefe, fueron largas y tediosas. Desarrollamos una capacidad comprensiva y expresiva en inglés que no creíamos tener cuando, de pronto, de un día para otro, nos dijo que no iba a seguir pagándonos en cash, así que o incumplíamos el visado o...puerta. Mi caso no era tan dramático, insisto, porque aún me queda visado para llamar a otra puerta, pero Miguel...
En definitiva, y aunque por el camino han quedado los avatares pasados, las conversaciones, los subeybaja, las posibilidades, los temores...más o menos parece que hemos sido capaces de resolver el entuerto. 
De momento sólo miramos los días que faltan para el 18 de agosto, lunes que volamos a Tonga. No podéis imaginar las ganas que tenemos...Ya es necesidad, de verdad. Después pretendemos trabajar más o menos otro mes y medio más, o un pelín más, y a mediados/finales de octubre nos vamos de aquí. La idea es irnos a hacer un wwoofing, que no es más que ir a un lugar en el campo a trabajar unas horitas gratis a cambio de casa y comida. Esa es una de las opciones que me planteé yo durante el transcurso de los acontecimientos en El Faro. Pensé que Miguel se quedara aquí trabajando mientras yo me iba a esperarle descansando en el campo. Pero finalmente he decidido esforzarme otro poco más para irme con más ahorros.
Ya os digo que la semana y pico que ha mediado desde que Mark nos dijo que no podía pagarnos en cash cuando terminara nuestro contrato hasta el día de hoy ha sido intensa. Muchas cosas, muchos esfuerzos mentales...Desgaste. Enfado. Frustración. Pero hay una cosa que tengo clara: todo lo que hagamos, vamos a hacerlo bien. Sea lo que sea, pase lo que pase, hacemos un buen equipo y sabemos levantarnos de nuevo. De momento, parece que hemos escogido la opción correcta (sobre todo hablo por mí, que sí tenía opciones...Miguel, quisiera o no, tenía que quedarse acatando las decisiones de Mark). Creo que hago lo correcto quedándome en El Faro. Ayer le di la respuesta definitiva a Mark. 

En otro orden de cosas, puedo seguir contando trivialidades sin demasiada importancia, pero divertidas. Por ejemplo, mi experiencia festiva el pasado viernes (¡ja!). 
Tengo un alumno de español que se llama Max y es de Taiwan (aunque vive en New Zealand desde que tenía 5 años y no sabe hablar taiwanés) con el que doy dos horas de clase todos los viernes. El viernes pasado me preguntó qué iba a hacer por la noche y me dijo que sus amigos y él iban a salir y que si quería ir con ellos. Cuando salí de trabajar a eso de las once le mandé un mensaje para ver dónde estaban, me tomé una copa de vino con Ludmila -la manager del restaurante- y Whitney -una kiwi que habla español perfecto- y después me fui con Whitney al bar donde estaba Max. Muy divertido todo. Resultó que Max es gay y el bar era un bar gay. Estaba allí con su novio y nos reímos un rato ("I´m a little drunk" -estoy un poco borracho- según me vio). Lo demás vino rodado. El caso es que yo me había tomado dos o tres cervezas cuando Whitney y yo tuvimos la idea de tomarnos un chupito de Jägermeister (o la bebida del infierno). No daré más detalles porque aún tengo una dignidad que quiero conservar. Podemos decir, simplemente, que al día siguiente, sábado, trabajé de 12 a 15 y después de 16:30 a 23:00. Y como dato, añadiré que NUNCA en los casi ocho meses que llevo en el restaurante habíamos hecho una caja como la de ese día. Era el último día de un festival de cine muy importante que se celebra una vez al año en Auckland y hubo muchísimo trabajo. MUCHÍSIMO. Y yo con mi resaca. Creo que ha sido suficiente información. Casi me da algo...¡Pero sobreviví! Y el lunes a las ocho de la mañana tuve otra fiesta, esta vez por el cumpleaños de las gemelas de Héctor, que han cumplido dos años. Para comérselas...
Como somos inmigrantes y todxs trabajamos todo el rato, el único momento en que podíamos juntarnos todxs era en el desayuno así que quedamos de 8 a 8:30 y allí estuvimos hasta las 10 y algo. Hacía meses y meses que no me levantaba a esas horas...pero mereció la pena.
Si os digo la verdad, aunque no nos parecemos en muchas cosas importantes de la vida, he cogido mucho cariño a mis compis del trabajo. Lo importante es que son buena gente. Y aquí son una especie de familia. Pasamos muchas horas juntxs y nos queremos y respetamos. Héctor es una persona maravillosa y se está portando muy bien tanto con Miguel como conmigo. Lo ha hecho desde el principio y lo sigue haciendo. Le debemos bastante. 
Pasamos un desayuno agradable, nos pusimos hasta el culo de croissants y de torta (como ellxs llaman a la tarta) y por fin conocí a sus hijas, de las que tanto nos habla y a las que sólo había visto en foto. 
Miguel les compró un puzzle en 3D y un xilófono y teníais que ver cómo arreaban al xilófono...¡ja! Pero Miguel no vino porque había hecho dobles el sábado y el domingo y aún le quedaban dobles el lunes y el martes, así que ese madrugón en medio de cuatro turnos dobles le superaba.

Por regla general, no suelo ser mucho de relatar cotidianidades. Me cuesta y, hasta cierto punto, me aburre. Me gusta más escribir cosas más...más...no sé muy bien cómo definirlo. ¿Más elevadas? ¿Personales? Pero tampoco sé si éste es lugar. El cuaderno que con tanto amor me cosió mi amiga Carmen guarda en su interior palabras que se mueven en esa línea. Pero como los meses pasan y estáis muy lejos...he decidido hacer una entrada de datos técnicos y de detalles sobre nuestros días para que nos sintáis un poco más cerca y para que sepáis que os pienso y os echo de menos. 

Tengo que confesar que hace un par de semanas pasé un pequeño bachecillo. De pronto me sentí un poco sola en el mundo. Os juro que en algunos momentos puedo llegar a estar completamente sola. Cuando Miguel trabaja por la mañana y yo no, a la vez todxs vosotrxs dormís porque allí es plena madrugada. Me hizo gracia que el otro día Miguel me contó que él también ha pensado eso alguna vez. Es lo más parecido a estar sola en el mundo. Y, como digo, hace unas semanas, me pegó duro. De repente sentí que mi gente estaba, en general, más lejos que estos 20.000 km. Os eché de menos y sentí que no estabais. En general. Sé que es ambiguo y ahora me cuesta rememorarlo porque lo he superado. Pero me dolía algo por dentro. Y súbitamente, como si de pronto hubierais sentido lo que me pasaba, en poco tiempo empecé a recibir WhatsApp pidiéndome conversaciones de Skype o preguntándome cómo estaba. Curioso, bonito y dulce. Conexiones ultramarinas. 
Lo que tengo muy claro es que esta experiencia me está sirviendo mucho para encontrarme contigo misma, para sentirme más que nunca, para conocerme, respetarme y aceptarme. A veces echo de menos tener más tiempo para mí misma (ya os digo que sólo trabajo, hago la comida, me ducho y veo "Juego de tronos" -ja-), pero de aquí a poco (según volvamos de Tonga) parece que vamos a empezar a trabajar menos horas (ya no me importa ahorrar menos) y creo que podré encontrar el hueco que necesito para empezar a escribir la novela que se fragua en mi interior. Tengo mucho que decir y a veces sueño con dedicarme a escribir. Me haría extremadamente feliz. Y, creedme, ahora ya creo que todo es posible. 
Quiero escribir, viajar y soñar.

martes, 22 de julio de 2014

¿Habéis visto alguna vez un nabo sueco? ¿Y una chirivía? A mi el nombre de la segunda me sonaba, pero del primero ni siquiera había oído hablar. Pues nos acabamos de tomar una sopa de nabo sueco, chirivía, cebolla, zanahoria y apio. El otro día compramos una bandeja de verduras para sopa (como los preparados que venden en España para hacer sopa de cocido, ya sabéis, que te ponen un poquito de cada cosa) y hoy he hecho una sopa con ellas, añadiendo alguna pastilla de caldo vegetal y tamarindo. Después he sofrito tofu y le he añadido garbanzos.
Os preguntaréis por qué os cuento esto. Es sencillo: porque tengo un pequeño rato mientras Miguel termina de echarse la siesta. Y como el nabo sueco me ha sorprendido, he querido compartir la experiencia.
Esto es un nabo sueco:

Y esto es una chirivía, que se puede parecer a una zanahoria a primera vista aunque es blanca, pero en realidad no tiene nada que ver. 

Así sigo aprendiendo a cocinar y comer cosas nuevas.
¡Qué feliz soy comiendo plantas! ¡Ja!

Otro día volveré para contar más cosas.

Ah, por cierto, nabo sueco, nabicol o colinabo en inglés se dice "swede" y chirivía es "parsnip". "Celery" es apio. Éste último se come mucho aquí. Lo echan hasta en las ensaladas.

miércoles, 9 de julio de 2014

Hoy tengo el día libre. Sí. Hacía un mes que no tenía un día entero para mí. Y cuando digo "un mes" quiero decir "un mes". Mi último día libre fue el 8 de junio y hoy, como veis, es 9 de julio (¡diez días para el cumpleaños de mi madre querida! voy a sentir tanto no estar allí...). 
Los vericuetos que me han llevado hasta esta situación no son asunto que ahora me interese, así que quizá los trate en otro momento. Ahora sólo quiero disfrutar de este día. Hace un asco de tiempo. El invierno es invierno. No hay nada más triste que el invierno. Cada vez lo soporto menos. Pero a la vez siento que madurar puede ser sonreír al invierno. Y yo tengo motivos. Si fuera hace frío, llueve o el viento alcanza los 200 km por hora (es literal) ese no es mi problema. Si el cielo está gris, yo no. Entre las cuatro paredes a las que llamamos casa y en las que nos sentimos en un hogar suena la guitarra de Miguel mientras yo leo y escribo. Mi padre me ha mandado unos cuentos de Pío Baroja que me han inspirado. Me encantan. Me estoy bebiendo una cerveza mientras Miguel canta y escribo ideas en el cuaderno maravillosamente cosido que me regaló mi amiga Carmen, salido de sus propias manos. 
Esta mañana me he levantado rara. No podría decir de mal humor porque siento que ese estado no cabe en mí, pero estaba momentáneamente a disgusto con la vida. No lo sé, pero quizá ha habido algo de miedo a que el día pasara rápido. No es normal la velocidad a la que se nos escapa la vida...Pero el día está pasando al ritmo normal de las horas y yo estoy contenta. Sonrío como tonta a ratos. Mientras estamos metidxs en la rutina de trabajar, comer y dormir (cosa en la que se ha convertido nuestra vida en los últimos tiempos) el ritmo frenético de los minutos me asusta. Sin embargo hoy el reloj va más despacio, como solía hacerlo. Parece que nos ha dado una tregua. Y esto me está dando energía para superar otra vez los días que se presentan. El chute de energía que supuso el día de mi cumpleaños me ha valido casi un mes. Este día volverá a ser energía a partir de mañana. Espero poder tener un día libre la semana que viene, pero como no estoy segura, me aferro a la seguridad de que el de hoy sí lo tengo y me conformo, no porque yo sea conformista sino porque disfruto aprendiendo a saborear cada segundo. La oportunidad de ser feliz está ahí, a cada paso. Y a veces nos empeñamos en grandes gestas. 
La mañana no me inspira como la tarde. ¿Por qué? No lo sé. Pero creo que tiene algo que ver con la cercanía de la oscuridad. Nada me inspira más que la noche. Debo tener algo de murciélago o de lechuza. Por cierto, esto me recuerda que el nivel de empatía que estoy alcanzado con el resto de los animales a veces hasta me asusta. Nada me inspira más que la noche y nada me enamora más que la naturaleza libre. Es muy probable que en Tonga podamos nadar con ballenas (en su medio natural, obviamente) y los vídeos que he estado viendo de esos inmensos animales moviéndose sobre sí mismos alrededor de personas como si retozaran...¡ay!
A lo que iba (que ya no sé qué era)...ésta es la disertación que me sale de los dedos sin pensar mientras disfruto de una tarde libre junto a Miguel (bien podría haber dicho una cosa cursi en vez de su nombre, pero yo no soy así). 
La conclusión es que si las horas pasan deprisa mientras estamos dentro de la rutina, y eso me asustaba (reflexiones sobre el devenir del tiempo y su inexorabilidad -esa palabra que siempre aparece junto a la palabra "tiempo", pero es cualquier cosa que no se pueda evitar-), cuando vuelvo a estar en mí, haciendo lo que me apetece, el reloj retoma el ritmo habitual. Me gusta imaginar una vida lenta porque lo lento se disfruta más y el único fin de la vida debería ser disfrutar. El fin último es la felicidad, de esto estoy segura. A ver quién dice lo contrario.

sábado, 28 de junio de 2014

Os escribo estas líneas a una distancia de unos 20.000 kilómetros, lo que no es moco de pavo (¿de dónde vendrá esa expresión? Nunca he conseguido averiguarlo...¿Sabéis ese tipo de cosas en las que sólo piensas de vez en cuando y nunca en el momento propicio para buscar la respuesta?), pero a veces parecen sólo diez kilómetros y otras veces me parece que estoy en la luna (en todos los sentidos: en ese figurado de estar en Babia -otra...¿de dónde vendrá esa?-; y porque me parece estar más lejos aún que en New Zealand...20.000 kilómetros a veces me parecen pocos a pesar de que, estando en la Tierra, no habría forma humana de que hubiera más distancia. 
Estoy cansada (físicamente sobre todo, ¿eh?, que no cunda el pánico), pero queda poco para que termine lo que se ha tornado en pesadilla).
Las dos últimas semanas he estado trabajando en otro sitio y resulta que coincidiendo con mi comienzo en este  nuevo lugar -se llama Tank juice bar y es una franquicia que invade Auckland -la también conocida como laciudaddondelleuevetodoslosputosdíasyavecescomosinohubieraunmañana -jodiendoelparaguassúperguayqueMiguelregalóaMíriamporsucumpleañosporqueademásdelloverhaceunvientoquedespeinaauncalvo- donde hacen zumos y ensaladas ("uuh....qué guay..." pensaréis algunxs)- mi jefe del restaurante decidió que me necesitaba los siete días de la semana -menos mal que la semana sólo tiene siete días...). Eso significa que mi último día libre fue el 8 de junio (os remito a la fecha de publicación de esta entrega para decir "uuh...eso no es guay"). La semana pasada trabajé 64 horas. Supongo que eso vale como dato. Quizá así justifique mejor mi ausencia por estos lugares. Pero ésta no se debe sólo a que he trabajado mañana y tarde prácticamente los últimos 20 días sino también (otra vez...) a que el ordenador está jodido. Pero con personalidad. A veces se apaga sin mediar palabra (así es él) y sí, es como la tercera o cuarta vez desde que estamos aquí que se rompe. El caso es que la intensidad y la frecuencia de los apagones va en aumento conforme pasan los días y yo, con esta presión, no puedo escribir. Hoy me he decidido porque he publicado antes una entrada en mi otro blog (¿conocéis mi otro blog? es éste) y ya me he venido arriba y he dicho: "pues ala, a lo loco, publico también en el de las antípodas). La realidad es que llevaba una semana entera sin tener una mañana libre (sólo es la mañana, ¿eh? que a las cinco trabajo en el restaurante) y como estoy animada porque mañana es el último día en el infierno de las frutas, he decidido pasarme por aquí arriesgándome a que el bicho éste se apague llevándose consigo todas mis ideas -vale, sí, he dramatizado; se llevaría la plasmación de mis ideas-. 
Últimamente pienso mucho en cosas que me gustaría escribir y a veces me enfado con él por apagarse. Siento que está coartando mi libertad de expresión, como si de Gallardón o Rajoy se tratase, pero soy consciente de que podría escribir con un boli sobre un papel. Alguna cosa he vomitado por ahí. Pero no podemos negar que se escribe más rápido con teclas. 
Venía pensando que tengo que escribir sobre el Tank y ahora me da una pereza infinita. Podemos resumir las dos últimas semanas de la siguiente forma: trabajamos una india (la manager), un indio (Manpreet, que se cree muy guay) y yo. Y lo de "trabajamos" en plural es una forma de hablar porque más bien trabajo yo y ellxs me van diciendo lo que tengo que hacer. Es increíble...Tienen dos problemas: mucho morro y una obsesión con no dejarme parar ni un minuto. Por pedirme que haga cosas cuando no hay nada que hacer me han llegado a pedir que limpie unas paredes blancas impolutas o que vacíe una nevera para limpiar cada balda y las dos puertas cuando todo estaba ya limpi0. Una se siente un poco estúpida limpiando cosas que ya están limpias...
Los primeros días llegaba a casa con un dolor de espalda infernal fruto de la tensión acumulada y del trabajo físico. Según han ido pasando los días, me he ido relajando y ya se ha quedado sólo en el cansancio físico...Al principio, como buena novata que actuaba bajo la presión de cuatro ojos inquisidores (dos más que los otros dos...jodido Manpreet), me ponía nerviosa y hacía torpezas nada propias de mi persona. Pero ahora ya podría hacerlo mejor que ellxs dos juntxs. 
Podría entrar en detalles y anécdotas, pero me da pereza. Acaba de llegar Miguel a casa y quiero hacerle compañía mientras come. Le he hecho una tarta de queso sorpresa que no sé cómo estará.
Esta entrada, que parece más fruto de la desidia que de otra cosa, llega a su fin. 
Intentaré volver pronto para relataros mis aventuras en el Tank. Esa entrada se llamará "de cómo me putearon entre frutas" y el título llevará el verbo en pasado porque ya habré terminado de trabajar allí.
Besos desde otro hemisferio o desde el mismo según desde dónde me leáis. 

jueves, 12 de junio de 2014

Mi cumpleaños

Justo los días anteriores a mi cumpleaños estuve con una especie de pequeño bajón tipo ohporfavorquéhagotodoeldíatrabajandocomiendodurmiendoyfregando, así que el chute de energía de mi día (mi día, quien me conoce sabe lo especial que es para mí mi cumpleaños) fue maravilloso por cómo se desarrolló. Esa mañana cuando me levanté Miguel me había colocado en el sillón los primeros regalos: "un kit para el puto invierno" (literal, eso decía un papel colocado junto al primero). Eran unas zapatillas de estar por casa maravillosamente divertidas (no sabría decir si son burros o gremlins), un paraguas en el que pone todo el rato "oh shit, it´s raining" y una súper manta muy calentita! 
Después de eso (habiendo sido ya avisada los días previos de que él se encargaría de los planes) salimos de casa sin que yo supiera dónde íbamos. Compramos cosas para comer por ahí y nos fuimos a Mission bay, que es la playa más cercana (unos diez minutos en bus). Allí comimos en un parque muy verde y muy bonito y después nos tomamos una cerveza en una terraza muy agradable. 
Después cogimos un autobús otra vez caminodenadiesabedónde y como Miguel lo tenía todo atado y bien atado y fue muy previsor, llegamos antes de tiempo al sitio, así que se dedicó a pasearme por las calles de un barrio residencial en el que no había nada de nada durante más de media hora. Me reí un montón porque no tenía ni idea de qué podíamos estar haciendo o esperando...Me vaciló lo que quiso y un poco más: hizo que nos metíamos en un chalet, también hizo amago de entrar en una iglesia...y me volvió loca con preguntas tipo "¿a quién conoces tú que viva por aquí?...Piensa bien, piensa bien...". No estaba en sus planes llegar tan pronto, pero al final eso le salió genial porque me tuvo con una intriga alucinante...así que cuando hizo ademán de meterse en un chalecito muy cuqui que ponía "SPA"...¡tampoco me lo creí! Pero esa vez era en serio...¡Y qué masaje nos dieron! Una hora de masaje en el cuerpo entero (¡hasta en las manos y los brazos...! buf, buf, buf...)
Después, como flotando y en una nube, volvimos a casa y hablé con mi querida amiga Nita quince minutos porque Miguel me dijo que nos teníamos que marchar otra vez...
Cerca de mi casa hay un restaurante muy chulo que veo todas las noches al volver de trabajar. He dicho unas cuantas veces que me encantaría cenar ahí y siempre me preguntaba qué servirían. Pues bien, cuando pasábamos por delante camino denadiesabedónde la noche de mi cumple (ya eran como las 20:30 de un día espectacularmente excelvilloso), yo dije (como tantas otras veces): "un día de estos tenemos que venir a cenar aquí". Ya estábamos pasando de largo y yo estaba convencida de que íbamos a otro lado cuando de pronto Miguel se dio la vuelta y me dijo "pues si quieres cenar aquí, cenamos aquí, que es tu cumple". Volviendo sobre sus pasos (insisto en que ya lo habíamos pasado), hizo ademán de entrar y yo le dije que no hiciera el tonto y que fuéramos donde estábamos yendo, muerta de la risa, pero él se metió muy convencido y cuando la camarera nos preguntó si queríamos mesa para dos, él dijo muy orgulloso que tenía una reserva. ¡Casi me lo como! Lo que sí que me comí fue toda la cena. Era un restaurante israelí donde cenamos de maravilla con una botella de vino tinto neozelandés. Me pasé toda la cena sonriendo. Parecía tonta...¡ja!
Terminamos el día paseando por el puerto y volvimos a casa para que yo pudiera hablar por Skype con mi madre y mi hermana. 
Tuve un cumpleaños maravilloso y además fue el más largo de mi vida: ¡34 HORAS! Jujuju...

martes, 3 de junio de 2014

Más de medio año

Ya hace más de seis meses que nos marchamos de España. El día 28 de mayo cumplimos nuestro primer medio año en este país, el más lejano posible. He estado reflexionando sobre este tiempo y he llegado a algunas conclusiones que hoy quiero poner por escrito.
Desde el día que decidí marcharme, mi vida se convirtió en un vaivén de emociones, de lo inesperado, de nervios, ganas, ilusión y, por supuesto, de  improvisación y aprendizaje.
Algunas cosas han sido parecidas a como las imaginé, pero la mayoría no tienen nada que ver. La verdad es que no son ni peores ni mejores, simplemente son diferentes. El balance que puedo hacer de este tiempo es, obviamente, positivo. He aprendido (y sigo en ello) a estar sola e incluso a sentirme sola a veces. No pasa nada. Tengo un buen compañero de viaje-s- (la vida es un viaje), pero no se puede depender de nadie. La única cosa que tenemos clara en esta vida es que estamos solxs. El otro día me dijo mi madre que la soledad chunga (palabras literales) es la emocional y yo no estoy sola emocionalmente. La soledad física es temporal y aunque a veces os eche mucho de menos, sé que mi lugar ahora está aquí. Y aprendo, crezco y evoluciono. Últimamente he tenido algún bajoncillo por estas distancias y por no estar consiguiendo todo lo que querría (sobre todo mejorar mi inglés tanto como me gustaría y trabajar más para ahorrar más), pero sigo insistiendo en que el balance es positivo. 
Al principio fue todo emoción y cambios. La palabra "rutina" desapareció de mi vocabulario. Pero poco a poco al final todo se vuelve rutinario. Yo me he propuesto dedicar mi vida a huir de la rutina, pero tampoco hay que obsesionarse. A veces es imposible eludirla y tampoco vamos a echarnos las manos a la cabeza...
Otra de las cosas de las que me percato ahora que echo la vista atrás es de que me faltan y me sobran las palabras. Cuando me preguntáis cómo va todo, a veces me cuesta encontrar las palabras adecuadas. Algunas de mis conversaciones por Skype con mi madre empiezan sin que yo hable demasiado. Pero poco a poco empiezo a soltarme y al final parece que tengo que morderme la lengua para no contar cuarenta anécdotas o cincuenta planes por cada cosa que decimos. Así que a pesar de la rutina, mi mundo hierve por dentro y siempre tengo cosas en las que pensar y con las que entretenerme. Por ejemplo, echaba de menos leer y últimamente lo estoy haciendo más.
Estos seis meses también me han valido para comprobar que la valentía está sobrevalorada. Muchas personas dicen que somos valientes, que también querrían marcharse, pero que no se atreven. Pero yo, que también tuve miedo, ahora me doy cuenta de que la valentía no es el motor de las decisiones. Las ganas son más importantes. Y el ansia de conocer mundo, de aprender de otros lugares. Nuevos sitios, nuevas costumbres, nuevas personas y nuevos retos...Esa es la verdadera motivación. Es cierto que renunciar a la comodidad es difícil. Yo vivía bien en mi casa con mi madre. Y comenzar en otro lugar, tan lejos y sin apoyo, es complicado. Pero la vida de repente te dice: "hasta aquí". Y no tienes opción. Hay que seguir hacia delante...
Es muy probable que sea igual de libre que siempre, pero de pronto, con esta aventura, la sensación de libertad es mayor. A pesar de que hay días en los que la rutina me agobia, ahora me siento mucho más dueña de mis pasos y de mi destino. 
Con la distancia también te das cuenta sin hacer drama de que muchas cosas y muchas personas son "de paso". Ahora el valor de las cosas se ha relativizado para mí...El viaje, que no es sólo un viaje en el mundo exterior sino también un viaje hacia tu mundo interior, sirve para encontrar el equilibrio entre crear lazos y saber desprenderse de objetos y recuerdos. Esa lucha entre nostalgia y pragmatismo a veces es dura para alguien como yo. A pesar de que no creo en la propiedad privada (no, no creo; y no, no soy marxista), siempre he sido muy "de mis cosas". Y sin embargo ahora estoy deseando que mi hermana quiera volver a coger una camiseta de mi armario para que no pase nada...
Pensando en la mochila que me acompañará por Asia, me doy cuenta del poco valor que tienen las cosas materiales...Ahora he aprendido de verdad que vivimos en un mundo materialista y totalmente deshumanizado. Es como si mi sentir más jipi fuera ahora más auténtico que nunca...Me reafirmo en mis ideas y me siento más segura en todas las creencias que me forman: creo que soy más vegetariana que nunca, me siento una ciudadana del mundo y no creo en las fronteras, en la posesión y en el conservadurismo. Menos que nunca...
Por otro lado, pero en el mismo orden de cosas, creo que viajar y vivir en otro país te enseñan que "normal" significa social o culturalmente aceptado. ¿Qué es "normal"? Viviendo en otro lugar te das cuenta de que realmente hay otras formas de hacer las cosas. Y esto sirve para conocerse mejor a una misma...porque así descubres cuáles son las cosas en las que de verdad crees y cuáles, en cambio, son aprendidas. ¿Habéis visto cómo he hilado con lo anterior...? Y de pronto me doy cuenta de que echo de menos España de una forma sana. También la distancia sirve para valorar cosas que antes no valoraba...y para darme cuenta de que me gustan mucho algunas cosas en las que antes no reparaba. 
Siento que cuando vuelva a Madrid, mimásquenuncaqueridaMadrid, seré una turista en mi propia ciudad. La miraré con otros ojos, que no serán ni los de siempre ni los de mis últimos días allí antes de marcharme. Madrid, te echo de menos. Eres tu gente, tus colores y tus olores, tus museos, tus calles, tus posibilidades...
Y si digo todas estas cosas (lo que se aprende viviendo en otro lugar y conociendo a gente diferente que al final es igual, gente) viviendo y habiendo conocido sólo New Zealand, qué será de mí después de la experiencia de Asia...
En otro país, la tarea más sencilla puede resultar una odisea: abrir una cuenta en el banco o conseguir el número de IRD o un número de móvil (os remito a las primeras entradas), explicarle al señor de la farmacia lo que te pasa, conseguir que el fontanero entienda cuál es el problema con la ducha, activar Internet en casa...Algunas de las cosas más comunes y sencillas en el día a día en tu país de origen (sí, todxs sabemos que tratar con Movistar no es fácil, pero al menos hablan tu idioma...), de pronto resultan complicadas o complicadísimas...Y entonces aprendes a ser paciente, te relajas, asumes que esos momentos de desesperación están haciendo de ti una persona mejor y descubres que tienes una paciencia que no creías tener...Pedir ayuda es sano y es una buena idea.
El tiempo ahora ya no se mide como antes...Si miro para atrás, si vuelvo la vista a mis últimos días a vuestro lado, parece que hace una eternidad, pero sin embargo aquí los días pasan a una velocidad de vértigo.
El concepto del tiempo, viviendo aquí y así, se ha deformado. Y he aprendido a valorarlo más que nunca. Cualquier momento puede ser un buen rato y cualquier Skype, WhatsApp o email alegra más de lo que podáis creer.
Y resulta que otro básico de este tiempo es que la nostalgia o la añoranza pueden aparecer de repente y sin previo aviso por cualquier cosa. Cualquier pequeñez puede ser suficiente para que me vea echando de menos detalles insignificantes que jamás imaginé. 
Se dice a menudo que los viajes cambian vidas. Y a pesar de los clichés, la conclusión definitiva es que vivir en otro lugar te cambia. Es una experiencia que sacude tus raíces, tus certezas y tus miedos. 
Supongo que estoy aprendiendo que el hogar no cabe en una maleta porque el hogar no son cosas sino recuerdos, personas, sentires y alegrías, pero también penas y tristezas. El hogar, al fin y al cabo, se lleva dentro y se proyecta.