sábado, 28 de junio de 2014

Os escribo estas líneas a una distancia de unos 20.000 kilómetros, lo que no es moco de pavo (¿de dónde vendrá esa expresión? Nunca he conseguido averiguarlo...¿Sabéis ese tipo de cosas en las que sólo piensas de vez en cuando y nunca en el momento propicio para buscar la respuesta?), pero a veces parecen sólo diez kilómetros y otras veces me parece que estoy en la luna (en todos los sentidos: en ese figurado de estar en Babia -otra...¿de dónde vendrá esa?-; y porque me parece estar más lejos aún que en New Zealand...20.000 kilómetros a veces me parecen pocos a pesar de que, estando en la Tierra, no habría forma humana de que hubiera más distancia. 
Estoy cansada (físicamente sobre todo, ¿eh?, que no cunda el pánico), pero queda poco para que termine lo que se ha tornado en pesadilla).
Las dos últimas semanas he estado trabajando en otro sitio y resulta que coincidiendo con mi comienzo en este  nuevo lugar -se llama Tank juice bar y es una franquicia que invade Auckland -la también conocida como laciudaddondelleuevetodoslosputosdíasyavecescomosinohubieraunmañana -jodiendoelparaguassúperguayqueMiguelregalóaMíriamporsucumpleañosporqueademásdelloverhaceunvientoquedespeinaauncalvo- donde hacen zumos y ensaladas ("uuh....qué guay..." pensaréis algunxs)- mi jefe del restaurante decidió que me necesitaba los siete días de la semana -menos mal que la semana sólo tiene siete días...). Eso significa que mi último día libre fue el 8 de junio (os remito a la fecha de publicación de esta entrega para decir "uuh...eso no es guay"). La semana pasada trabajé 64 horas. Supongo que eso vale como dato. Quizá así justifique mejor mi ausencia por estos lugares. Pero ésta no se debe sólo a que he trabajado mañana y tarde prácticamente los últimos 20 días sino también (otra vez...) a que el ordenador está jodido. Pero con personalidad. A veces se apaga sin mediar palabra (así es él) y sí, es como la tercera o cuarta vez desde que estamos aquí que se rompe. El caso es que la intensidad y la frecuencia de los apagones va en aumento conforme pasan los días y yo, con esta presión, no puedo escribir. Hoy me he decidido porque he publicado antes una entrada en mi otro blog (¿conocéis mi otro blog? es éste) y ya me he venido arriba y he dicho: "pues ala, a lo loco, publico también en el de las antípodas). La realidad es que llevaba una semana entera sin tener una mañana libre (sólo es la mañana, ¿eh? que a las cinco trabajo en el restaurante) y como estoy animada porque mañana es el último día en el infierno de las frutas, he decidido pasarme por aquí arriesgándome a que el bicho éste se apague llevándose consigo todas mis ideas -vale, sí, he dramatizado; se llevaría la plasmación de mis ideas-. 
Últimamente pienso mucho en cosas que me gustaría escribir y a veces me enfado con él por apagarse. Siento que está coartando mi libertad de expresión, como si de Gallardón o Rajoy se tratase, pero soy consciente de que podría escribir con un boli sobre un papel. Alguna cosa he vomitado por ahí. Pero no podemos negar que se escribe más rápido con teclas. 
Venía pensando que tengo que escribir sobre el Tank y ahora me da una pereza infinita. Podemos resumir las dos últimas semanas de la siguiente forma: trabajamos una india (la manager), un indio (Manpreet, que se cree muy guay) y yo. Y lo de "trabajamos" en plural es una forma de hablar porque más bien trabajo yo y ellxs me van diciendo lo que tengo que hacer. Es increíble...Tienen dos problemas: mucho morro y una obsesión con no dejarme parar ni un minuto. Por pedirme que haga cosas cuando no hay nada que hacer me han llegado a pedir que limpie unas paredes blancas impolutas o que vacíe una nevera para limpiar cada balda y las dos puertas cuando todo estaba ya limpi0. Una se siente un poco estúpida limpiando cosas que ya están limpias...
Los primeros días llegaba a casa con un dolor de espalda infernal fruto de la tensión acumulada y del trabajo físico. Según han ido pasando los días, me he ido relajando y ya se ha quedado sólo en el cansancio físico...Al principio, como buena novata que actuaba bajo la presión de cuatro ojos inquisidores (dos más que los otros dos...jodido Manpreet), me ponía nerviosa y hacía torpezas nada propias de mi persona. Pero ahora ya podría hacerlo mejor que ellxs dos juntxs. 
Podría entrar en detalles y anécdotas, pero me da pereza. Acaba de llegar Miguel a casa y quiero hacerle compañía mientras come. Le he hecho una tarta de queso sorpresa que no sé cómo estará.
Esta entrada, que parece más fruto de la desidia que de otra cosa, llega a su fin. 
Intentaré volver pronto para relataros mis aventuras en el Tank. Esa entrada se llamará "de cómo me putearon entre frutas" y el título llevará el verbo en pasado porque ya habré terminado de trabajar allí.
Besos desde otro hemisferio o desde el mismo según desde dónde me leáis. 

jueves, 12 de junio de 2014

Mi cumpleaños

Justo los días anteriores a mi cumpleaños estuve con una especie de pequeño bajón tipo ohporfavorquéhagotodoeldíatrabajandocomiendodurmiendoyfregando, así que el chute de energía de mi día (mi día, quien me conoce sabe lo especial que es para mí mi cumpleaños) fue maravilloso por cómo se desarrolló. Esa mañana cuando me levanté Miguel me había colocado en el sillón los primeros regalos: "un kit para el puto invierno" (literal, eso decía un papel colocado junto al primero). Eran unas zapatillas de estar por casa maravillosamente divertidas (no sabría decir si son burros o gremlins), un paraguas en el que pone todo el rato "oh shit, it´s raining" y una súper manta muy calentita! 
Después de eso (habiendo sido ya avisada los días previos de que él se encargaría de los planes) salimos de casa sin que yo supiera dónde íbamos. Compramos cosas para comer por ahí y nos fuimos a Mission bay, que es la playa más cercana (unos diez minutos en bus). Allí comimos en un parque muy verde y muy bonito y después nos tomamos una cerveza en una terraza muy agradable. 
Después cogimos un autobús otra vez caminodenadiesabedónde y como Miguel lo tenía todo atado y bien atado y fue muy previsor, llegamos antes de tiempo al sitio, así que se dedicó a pasearme por las calles de un barrio residencial en el que no había nada de nada durante más de media hora. Me reí un montón porque no tenía ni idea de qué podíamos estar haciendo o esperando...Me vaciló lo que quiso y un poco más: hizo que nos metíamos en un chalet, también hizo amago de entrar en una iglesia...y me volvió loca con preguntas tipo "¿a quién conoces tú que viva por aquí?...Piensa bien, piensa bien...". No estaba en sus planes llegar tan pronto, pero al final eso le salió genial porque me tuvo con una intriga alucinante...así que cuando hizo ademán de meterse en un chalecito muy cuqui que ponía "SPA"...¡tampoco me lo creí! Pero esa vez era en serio...¡Y qué masaje nos dieron! Una hora de masaje en el cuerpo entero (¡hasta en las manos y los brazos...! buf, buf, buf...)
Después, como flotando y en una nube, volvimos a casa y hablé con mi querida amiga Nita quince minutos porque Miguel me dijo que nos teníamos que marchar otra vez...
Cerca de mi casa hay un restaurante muy chulo que veo todas las noches al volver de trabajar. He dicho unas cuantas veces que me encantaría cenar ahí y siempre me preguntaba qué servirían. Pues bien, cuando pasábamos por delante camino denadiesabedónde la noche de mi cumple (ya eran como las 20:30 de un día espectacularmente excelvilloso), yo dije (como tantas otras veces): "un día de estos tenemos que venir a cenar aquí". Ya estábamos pasando de largo y yo estaba convencida de que íbamos a otro lado cuando de pronto Miguel se dio la vuelta y me dijo "pues si quieres cenar aquí, cenamos aquí, que es tu cumple". Volviendo sobre sus pasos (insisto en que ya lo habíamos pasado), hizo ademán de entrar y yo le dije que no hiciera el tonto y que fuéramos donde estábamos yendo, muerta de la risa, pero él se metió muy convencido y cuando la camarera nos preguntó si queríamos mesa para dos, él dijo muy orgulloso que tenía una reserva. ¡Casi me lo como! Lo que sí que me comí fue toda la cena. Era un restaurante israelí donde cenamos de maravilla con una botella de vino tinto neozelandés. Me pasé toda la cena sonriendo. Parecía tonta...¡ja!
Terminamos el día paseando por el puerto y volvimos a casa para que yo pudiera hablar por Skype con mi madre y mi hermana. 
Tuve un cumpleaños maravilloso y además fue el más largo de mi vida: ¡34 HORAS! Jujuju...

martes, 3 de junio de 2014

Más de medio año

Ya hace más de seis meses que nos marchamos de España. El día 28 de mayo cumplimos nuestro primer medio año en este país, el más lejano posible. He estado reflexionando sobre este tiempo y he llegado a algunas conclusiones que hoy quiero poner por escrito.
Desde el día que decidí marcharme, mi vida se convirtió en un vaivén de emociones, de lo inesperado, de nervios, ganas, ilusión y, por supuesto, de  improvisación y aprendizaje.
Algunas cosas han sido parecidas a como las imaginé, pero la mayoría no tienen nada que ver. La verdad es que no son ni peores ni mejores, simplemente son diferentes. El balance que puedo hacer de este tiempo es, obviamente, positivo. He aprendido (y sigo en ello) a estar sola e incluso a sentirme sola a veces. No pasa nada. Tengo un buen compañero de viaje-s- (la vida es un viaje), pero no se puede depender de nadie. La única cosa que tenemos clara en esta vida es que estamos solxs. El otro día me dijo mi madre que la soledad chunga (palabras literales) es la emocional y yo no estoy sola emocionalmente. La soledad física es temporal y aunque a veces os eche mucho de menos, sé que mi lugar ahora está aquí. Y aprendo, crezco y evoluciono. Últimamente he tenido algún bajoncillo por estas distancias y por no estar consiguiendo todo lo que querría (sobre todo mejorar mi inglés tanto como me gustaría y trabajar más para ahorrar más), pero sigo insistiendo en que el balance es positivo. 
Al principio fue todo emoción y cambios. La palabra "rutina" desapareció de mi vocabulario. Pero poco a poco al final todo se vuelve rutinario. Yo me he propuesto dedicar mi vida a huir de la rutina, pero tampoco hay que obsesionarse. A veces es imposible eludirla y tampoco vamos a echarnos las manos a la cabeza...
Otra de las cosas de las que me percato ahora que echo la vista atrás es de que me faltan y me sobran las palabras. Cuando me preguntáis cómo va todo, a veces me cuesta encontrar las palabras adecuadas. Algunas de mis conversaciones por Skype con mi madre empiezan sin que yo hable demasiado. Pero poco a poco empiezo a soltarme y al final parece que tengo que morderme la lengua para no contar cuarenta anécdotas o cincuenta planes por cada cosa que decimos. Así que a pesar de la rutina, mi mundo hierve por dentro y siempre tengo cosas en las que pensar y con las que entretenerme. Por ejemplo, echaba de menos leer y últimamente lo estoy haciendo más.
Estos seis meses también me han valido para comprobar que la valentía está sobrevalorada. Muchas personas dicen que somos valientes, que también querrían marcharse, pero que no se atreven. Pero yo, que también tuve miedo, ahora me doy cuenta de que la valentía no es el motor de las decisiones. Las ganas son más importantes. Y el ansia de conocer mundo, de aprender de otros lugares. Nuevos sitios, nuevas costumbres, nuevas personas y nuevos retos...Esa es la verdadera motivación. Es cierto que renunciar a la comodidad es difícil. Yo vivía bien en mi casa con mi madre. Y comenzar en otro lugar, tan lejos y sin apoyo, es complicado. Pero la vida de repente te dice: "hasta aquí". Y no tienes opción. Hay que seguir hacia delante...
Es muy probable que sea igual de libre que siempre, pero de pronto, con esta aventura, la sensación de libertad es mayor. A pesar de que hay días en los que la rutina me agobia, ahora me siento mucho más dueña de mis pasos y de mi destino. 
Con la distancia también te das cuenta sin hacer drama de que muchas cosas y muchas personas son "de paso". Ahora el valor de las cosas se ha relativizado para mí...El viaje, que no es sólo un viaje en el mundo exterior sino también un viaje hacia tu mundo interior, sirve para encontrar el equilibrio entre crear lazos y saber desprenderse de objetos y recuerdos. Esa lucha entre nostalgia y pragmatismo a veces es dura para alguien como yo. A pesar de que no creo en la propiedad privada (no, no creo; y no, no soy marxista), siempre he sido muy "de mis cosas". Y sin embargo ahora estoy deseando que mi hermana quiera volver a coger una camiseta de mi armario para que no pase nada...
Pensando en la mochila que me acompañará por Asia, me doy cuenta del poco valor que tienen las cosas materiales...Ahora he aprendido de verdad que vivimos en un mundo materialista y totalmente deshumanizado. Es como si mi sentir más jipi fuera ahora más auténtico que nunca...Me reafirmo en mis ideas y me siento más segura en todas las creencias que me forman: creo que soy más vegetariana que nunca, me siento una ciudadana del mundo y no creo en las fronteras, en la posesión y en el conservadurismo. Menos que nunca...
Por otro lado, pero en el mismo orden de cosas, creo que viajar y vivir en otro país te enseñan que "normal" significa social o culturalmente aceptado. ¿Qué es "normal"? Viviendo en otro lugar te das cuenta de que realmente hay otras formas de hacer las cosas. Y esto sirve para conocerse mejor a una misma...porque así descubres cuáles son las cosas en las que de verdad crees y cuáles, en cambio, son aprendidas. ¿Habéis visto cómo he hilado con lo anterior...? Y de pronto me doy cuenta de que echo de menos España de una forma sana. También la distancia sirve para valorar cosas que antes no valoraba...y para darme cuenta de que me gustan mucho algunas cosas en las que antes no reparaba. 
Siento que cuando vuelva a Madrid, mimásquenuncaqueridaMadrid, seré una turista en mi propia ciudad. La miraré con otros ojos, que no serán ni los de siempre ni los de mis últimos días allí antes de marcharme. Madrid, te echo de menos. Eres tu gente, tus colores y tus olores, tus museos, tus calles, tus posibilidades...
Y si digo todas estas cosas (lo que se aprende viviendo en otro lugar y conociendo a gente diferente que al final es igual, gente) viviendo y habiendo conocido sólo New Zealand, qué será de mí después de la experiencia de Asia...
En otro país, la tarea más sencilla puede resultar una odisea: abrir una cuenta en el banco o conseguir el número de IRD o un número de móvil (os remito a las primeras entradas), explicarle al señor de la farmacia lo que te pasa, conseguir que el fontanero entienda cuál es el problema con la ducha, activar Internet en casa...Algunas de las cosas más comunes y sencillas en el día a día en tu país de origen (sí, todxs sabemos que tratar con Movistar no es fácil, pero al menos hablan tu idioma...), de pronto resultan complicadas o complicadísimas...Y entonces aprendes a ser paciente, te relajas, asumes que esos momentos de desesperación están haciendo de ti una persona mejor y descubres que tienes una paciencia que no creías tener...Pedir ayuda es sano y es una buena idea.
El tiempo ahora ya no se mide como antes...Si miro para atrás, si vuelvo la vista a mis últimos días a vuestro lado, parece que hace una eternidad, pero sin embargo aquí los días pasan a una velocidad de vértigo.
El concepto del tiempo, viviendo aquí y así, se ha deformado. Y he aprendido a valorarlo más que nunca. Cualquier momento puede ser un buen rato y cualquier Skype, WhatsApp o email alegra más de lo que podáis creer.
Y resulta que otro básico de este tiempo es que la nostalgia o la añoranza pueden aparecer de repente y sin previo aviso por cualquier cosa. Cualquier pequeñez puede ser suficiente para que me vea echando de menos detalles insignificantes que jamás imaginé. 
Se dice a menudo que los viajes cambian vidas. Y a pesar de los clichés, la conclusión definitiva es que vivir en otro lugar te cambia. Es una experiencia que sacude tus raíces, tus certezas y tus miedos. 
Supongo que estoy aprendiendo que el hogar no cabe en una maleta porque el hogar no son cosas sino recuerdos, personas, sentires y alegrías, pero también penas y tristezas. El hogar, al fin y al cabo, se lleva dentro y se proyecta. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Alguna nota adicional a la última entrada

En mi última entrada olvidé momentos y lugares importantes del viaje...Tal fue mi empeño en intentar ser breve (no contando cada detalle) que al final dejé de relatar momentos relevantes...
Visitamos un sitio preciosísimo que me gustaría mencionar: el Cape Reinga o Cabo Reinga.
Here you are:

Este cabo es la punta noroccidental de la península Aupouri, en el extremo norte de la isla norte de New Zealand, o lo que es lo mismo, en to la punta de la isla norte, donde acaba New Zealand.
Está situado a más de cien kilómetros al norte de la ciudad más cercana, Kaitaia. Cerca de este sitio estuvimos también en las dunas más grandes que he visto yo en toda mi vida y en la playa de las noventa millas, cuyo nombre lleva a engaño, pues no mide noventa millas sino noventa kilómetros. No obstante, sigue siendo una barbaridad...¡Noventa kilómetros de playa! ¿Os lo imagináis? Los tres sitios son dignos de ser mentados porque son, probablemente, de lo más bonito que he visto hasta ahora en este país. 
No quería dejar de invitaros a buscar fotos para que deseéis venir a New Zealand y verlos en directo. 
Awesome!
Anyway, siempre podéis ver las fotos que Miguel, afanosamente, va colgando en Facebook para ilustrar este tiempo. 

Por otro lado, también quería contaros que Miguel dio un concierto en un bar en Paihia, el pueblo de Bay of islands donde nos alojamos. Si no recuerdo mal, las tres noches que pasamos allí, como buenxs borrachxs (a ver, a ver, que no cunda el pánico, lo digo porque una cervecita sienta muy bien), salimos a tomar algo después de cenar. El caso es que una de esas noches dimos con un bar (justo enfrente del hostel -tendría que haber hecho mención a los hoteles también, la verdad, pero...pero...no quería escribir tanto como Cervantes-) donde un entrañable señor estaba tocando la guitarra. Cuando llegamos, se dirigió a nosotrxs y nos preguntó si sabíamos tocar. El concierto era casi un concierto privado. Estaban el guitarrista en cuestión, los miembros de una familia (hermanos y hermanas, algún cuñado, la abuela, nietos y algún desorientado), los camareros, Miguel y yo. Obviamente, yo dije que Miguel sabía tocar y el señor (que era REALMENTE entrañable) le invitó a tocar. Miguel quiso esperar un poco, pero en cuanto el ENTRAÑABLE señor le invitó de nuevo dos canciones después, él se animó. Fue muy divertido. La gente que había allí disfrutó. Les gustó escuchar algo diferente porque Miguel cantó en español y además (no es amor de novia, es real), lo hizo muy bien. ¿El fallo? ¡Yo no llevaba el móvil y no pude hacer ninguna foto ni grabar ningún vídeo! ¿La magia? Quedará para siempre en nuestra memoria. Muchas veces esas cosas son más bonitas y mejores, pero parece que hemos perdido un poco el norte con esta sociedad hipertecnologizada.

Volveré pronto con nuevos datos de nuestra cotidianeidad. 

Disfrutad de vuestra incipiente primavera. Aquí el otoño no se ceba. El tiempo sigue siendo muy aceptable. No obstante, no puedo negar que a veces os imagino en manga corta por Madrid, Guadalajara, Londres, Málaga or whatever (resulta que Blogspot me dice desde dónde me leen y me ha impresionado ver que es desde más sitios de los que yo imaginaría) y me dais envidia. Sí, sí, ya sé que yo estoy viviendo un sueño hecho realidad... :)

¡Besos desde muy lejos!

sábado, 17 de mayo de 2014

Una crónica de la mejor de las visitas

Aquí estoy de nuevo. 
He tardado en reaparecer, pero no me había olvidado de este rinconcito. 
La buena noticia es que, como imaginaréis, hoy sí que vengo con un buen cargamento:
Mi madre y su amiga Pocha (una buena amiga de toooda la vida -son amigas desde que eran pequeñas-) llegaron el sábado 19 de abril, un día después del cumpleaños de Miguel (¿sabéis ya que le he regalado a Miguel un viaje a Tonga por su cumpleaños? Podéis buscar fotos en Internet y moriros de la envidia...) Fui a buscarlas al aeropuerto y como habían llegado una hora antes, no tuve que esperar nada. Estaba puesta en la puerta de llegadas como una pringada cuando escuché a Pocha llamarme por detrás. Me giré y...¡ahí estaba la mía mamma! ¡Qué ilusión! Ahora que lo rememoro (y parece un acontecimiento muy lejano en el tiempo), me pongo un poco triste. 
Como yo ese día tenía que trabajar, pude acompañarlas hasta el centro de la ciudad y allí las recogió Miguel (él había trabajado por la mañana y estaba saliendo cuando nosotras llegábamos a la ciudad). Yo me marché a trabajar y Miguel, Pocha y mi madre se fueron a casa. El domingo yo también tenía que trabajar, pero lo bueno empezó por fin el lunes. Miguel tenía libres martes, miércoles y jueves, pero como yo tenía libre desde el lunes (hasta el siguiente lunes, ambos inclusive), nosotras alquilamos el coche ese día y nos fuimos a conocer Piha, una playa cerca de Auckland, como a media hora en coche, que es muy bonita. 
La aventura en coche es digna de ser mentada. Como bien sabréis, aquí se conduce al revés (colonia británica), pero además nos dieron un coche automático, cosa que parece fácil en principio (y lo es, lo es), pero asusta cuando nunca has conducido uno, ves que tiene una palanca con letras y tienes que incorporarte, directamente, a una calle ancha y con tráfico. Cuando nos montamos en el coche, volante al otro lado, y mi madre vio aquella palanca, le cambió la cara. Entré de nuevo al sitio del alquiler de vehículos para preguntarle a la chica y me explicó para qué servía cada letra (una para arrancar, otra para parar -como un punto muerto-, otra para la marcha atrás y dos más que dijo que no necesitábamos...-sin comentarios-). Así que, bien echá palante como es mi madre, salimos a Beach Road, la calle en la que vivo y en la que habíamos alquilado el coche. Al principio fuimos un show. Mi madre, como es lógico, iba de los nervios y yo tampoco ayudé mucho, porque me puse un poco nerviosa también. Sólo os digo, como dato, que nos metimos (por mi culpa) en dirección contraria en una de las calles más importantes del centro de Auckland (Albert Street, para más datos). Camino de Piha también la liamos alguna vez más. La mejor de todas fue cuando nos incorporamos en dirección contraria en una pequeña carretera, bonita y LLENA de curvas...Teníais que haber visto la cara que se le puso a la conductora del coche que apareció de frente...¡jajajaja! Un susto, no más.
Ese primer día sólo condujo mi madre. La pobre se comió el marrón de entender cómo funcionaba el trasto aquel. Y no fue hasta la noche cuando cogí yo el volante. Fuimos a buscar a Miguel a la salida del trabajo y ahí me atreví yo a conducir, pensando que al día siguiente ya empezaba el viaje largo y no podría conducir sólo la mujer que me parió, valiente como ella sola. Por la noche Auckland estaba casi desierta, así que fue fácil. Le pillé el punto rápidamente y fue todo perfecto hasta que llegamos a la puerta de la parrilla donde trabajaba Miguel. Allí nos esperaba con dos de sus compañeros para llevarlos a sus casas...¡casi me muero de la risa! Jugándose la vida gratuitamente, los pobres muchachos...No, ahora ya en serio. La verdad es que no me puse nada nerviosa. Quien me conoce, sabe que me encanta conducir. Y está mal que yo lo diga, pero creo que no lo hago mal, así que sólo hice unas bromas sobre lo arriesgado del viaje, los llevamos a sus casas y volvimos a la nuestra. Todo en orden. 
El martes salimos camino de Bay of islands (otra vez os invito a buscar fotos en Internet), un paraíso. Sé que pensáis que podría poner yo alguna foto y no descarto la posibilidad, pero eso será cuando termine de escribir. Como imaginaréis, no escribo directamente en el blog, sino que lo hago en un word y luego pego el texto en el blog. Lo mismo me animo y pongo alguna foto mía...Es que sí ya de por sí me da pereza, encima ahora me da más porque hemos formateado el ordenador y tengo que enchufar el disco duro de Miguel para buscar fotos. En otros momentos aludo al poder de la imaginación, pero ahora podéis buscar fotos en Internet y todxs tan contentxs. Bay of islands. Esa es la clave. Donde seguro que pondremos fotos (gracias al esfuerzo de Miguel) será en Facebook. 
(Cómo me gustan estas paradas gratuitas y aparentemente sin sentido. Todo hila, todo hila...)
Decía que el martes salimos camino de Bay of islands, ahora sí con Miguel. No fuimos directamente, sino que dimos un poco más de vuelta para pasar por otros sitios bonitos, interesantes o divertidos. Vimos el kauri (especie de conífera endémica del norte de la isla norte de New Zealand -¿cómo os habéis quedado?-) más grande (y por ende, más antiguo) del país. Una pasada de árbol...Tane mahuta, se llama el bichito. Por el camino nos diluvió, nos salió el sol, vimos como siete arcos iris, volvió a llover, a brillar un sol espectacular y así todo el rato...Lo del tiempo en New Zealand es una locura. Yo no termino de acostumbrarme. No hay un sólo día entero que sea atmosféricamente igual. Nunca un mal día será malo todo el día. Lo mismo si amanece soleado. No te fíes...
Llegamos a nuestro hotel en Paihia el martes por la noche y el miércoles hicimos un crucerito por la bahía (bay significa bahía, sí) para ver las islas (las islands, ya tú sabes). Muy bonito, la verdad. Muy, muy bonito. ¡Y lo mejor de todo es que hizo bueno todo el día! Yo estaba convencida de que nos iba a llover en medio del crucero, pero no fue así. Pudimos disfrutar de un agradable sol y comimos en una de las islas porque el crucero hacía una parada en ella. Una pasada. Verde, azul y mar por todas partes....


Como no quiero ponerme pesada describiendo día a día cada paso que dimos, diré que el jueves seguimos con las excursiones (viendo sitios bonitos, vaya...) y el viernes por la mañana tuvimos que salir camino de la gran ciudad again porque Miguel trabajaba por la tarde. Nosotras ese día paseamos por Parnell y el sábado por la mañana nos fuimos a Hobbiton! Para quien no lo sepa, "El señor de los anillos" se rodó en Nueva Zelanda (sí, esos paisajes son reales, no hay montaje ni son escenarios) y Hobbiton, la morada de los hobbits, está como a una hora y media de Auckland. Se pasan un poco con el precio de la entrada y entra demasiada gente en cada turno, por lo que íbamos un poco como piojos en costura (¿de dónde vendrá esa expresión?), pero el sitio es espectacular y fue muy divertido terminar tomando una cerveza en el Green Dragon, el bar de Hobbiton. Ese mismo día, cuando terminamos donde los medianos, nos fuimos a Rotorua, una ciudad conocida por su olor a huevo podrido fruto de la cantidad de géiseres que hay por todas partes. Alucinante...Yo nunca había visto un géiser y no me imaginaba que de la Tierra pudieran salir esos calores...Sé que el centro de la Tierra está caliente, antes de que alguien piense que soy lerda. Pero es que ver cómo hacen blublu los barros y las aguas es impresionante. Me encantó, la verdad.




Bueno, como decía, al salir de Hobbiton dirigimos el coche automático a Rotorua, pero por el camino paramos en Tauranga, una ciudad en Bay of Plenty, y allí, contra todo pronóstico, nos encontramos con Pierre, el hermano de Agua, una amiga de mi hermana. Ya os he hablado anteriormente de él porque estuvo en mi casa, en Auckland, cuando aterrizó en New Zealand. Pero luego se marchó en busca de trabajo a otra parte y yo ni siquiera sabía por dónde andaba...Paseábamos por Tauranga cuando nos lo encontramos sentado en una terraza tomando algo con unxs amigxs. De coña...
Esa noche dormimos en un hotel en Rotorua donde el indio de la recepción fue muy majo y pudimos oler a huevo podrido según nos bajamos del coche...y a la mañana siguiente fue cuando vimos el blublu de la tierra, las aguas salir a chorros y los vapores del agua hirviendo. Allí también vimos un marae. Los maraes son centros de reunión de los maoríes. Son sagrados y constan de un edificio central, principal, y de pequeños edificios aledaños. Me pareció muy bonito. Lo que se ve al fondo es un marae (más concretamente, el que yo visité, en Te Puia, pero a esos señores no los vi, no). 


Desde que llegué a este país, aun sabiendo que los maoríes existen porque los veo por la calle, no había tenido contacto con su cultura hasta este viaje, donde pude saber más de cómo son, de dónde salen, en qué creen o cómo son sus esculturas. Hacen unas tallas en madera que, salvando las distancias (nunca mejor dicho), podrían parecerse a lo que se os viene a la cabeza si pensáis en arte africano. Esto, con una licenciatura a mis espaldas, es una paletada como una catedral, pero es para que os podáis hacer una idea. Ale, ahí dejo la simpleza de que por ser tallas en madera pueden recordar al arte africano...

File:WahineTane.jpg   


Sí, me he dado cuenta de que lo mejor que podía hacer era pegar unas fotos. Ahora podría borrar la paletada de arriba, pero mejor la dejo. Así soy yo.

 

La cagada de la excursión llegó al día siguiente. El siguiente destino era Tongariro, que no está nada cerca de Rotorua...Nos chupamos unas cuantas horas de coche para llegar allí por la noche y enterarnos de que al día siguiente estaba terminantemente prohibido subir a las montañas (en realidad son tres volcanes: el Tongariro, que es el más bajo de los tres, pero el que da nombre al Parque Nacional -es la montaña del anillo en "El Señor de los anillos", el Ngauruhoe y el Ruapehu). Nosotras no pensábamos hacer una excursión de montañeras, pero sí pretendíamos acercarnos a la parte baja de los tres volcanes para admirar su inmensidad desde abajo y, por el camino, ver el paisaje del maravilloso parque. Pues...mi gozo en un pozo. No pudimos hacer ni tan siquiera eso porque al día siguiente, cuando nos levantamos, la niebla no nos dejaba ver lo que teníamos a dos palmos. Y encima llovía como si no hubiera un mañana...Lo intentamos. Nos acercamos al Tongariro. Y nada. No se veía una mierda. Tampoco pudimos acercarnos a varias cascadas que hay por la zona, excursiones de una o dos horas (en contra de las nueve o diez horas que se tarda en hacer el Tongariro alpine crossing, que haré con Miguel próximamente). Así que con las mismas cogimos el portante...y nos fuimos a Waitomo, el famoso sitio de las luciérnagas. El nombre del área, Waitomo, proviene del maorí: wai (agua) y tomo (hoyo). Bajo las verdes colinas de Waitomo, yace un laberinto de cuevas, simas y ríos subterráneos. Muchas de las paredes de estas cuevas (llenas de estalactitas y estalagmitas), están repletas de una galaxia de luciérnagas nativas de New Zealand. Como imaginaréis, allí está terminantemente prohibido hacer fotos, así que las que os pongo, para que os podáis imaginar el sitio, están sacadas de su página web. Nosotras no lo vivimos exactamente así, pero supongo que es porque las fotografías que pueden hacerse allí dejan mucho que desear...Después de andar por las cuevas, acabas montando en una barca donde te enseñan las luciérnagas.



Obviamente, todo estaba mucho más oscuro y la luz de las luciérnagas no es exactamente así. A mí me pareció más bonito que en estas fotos. 
Al salir de Waitomo, volvimos a Auckland. Ya era lunes y yo trabajaba al día siguiente. Desde el martes hasta el sábado yo tuve que trabajar, pero como tenía libres las mañanas (realmente tenía libre hasta las 17:30 todos los días), seguimos haciendo cositas por aquí. 
Ya he dicho más arriba que no parece necesario relatar cada paso. Obviamente, me he dejado un sinfín de cosas por el camino. He ido al grueso de la excursión. Pero entre punto y punto de los relatados nos hartamos de ver paisajes verdes, montañas, bosques y bosquecitos (selvas, como las llamaba Pocha), vacas, ovejas, pájaros patilargos (así los llamo yo, ¡pero acabo de descubrir que se llama pukeko! Miguel y yo habíamos pensado mil veces tratar de averiguar cómo se llaman y no ha sido hasta ahora, escribiendo estas líneas, que por fin lo he hecho!). Aquí podéis ver a mis amigos los patilargos. Me encantan...Aunque en esta fotografía no se aprecia bien por qué los llamo "patilargos". 


El domingo, último día de mi madre y de Pocha aquí (su vuelo salía bien temprano el lunes), alquilamos de nuevo un coche para poder llevarlas al aeropuerto al día siguiente y nos fuimos a Long bay, una playa que no está lejos de Auckland y que es muy bonita, no sólo por la playa en sí sino también por el entorno. Ya unos días antes, cuando estuvimos en Takapuna, mi madre dijo que había visto su sueño hecho realidad. Aquí volvió a verlo: ¡playas que tienen césped al lado! Todo es tan verde...

Siendo consciente de la infinidad de cosas que quedarán en nuestra retina y en nuestro recuerdo, pero que no quedan plasmadas en estas líneas y tampoco en fotos, voy a empezar a dar por concluida la crónica del viaje. Seguro que luego, cuando me relea, me acordaré de más cosas que no serán, al fin y al cabo, más que detalles. 
Lo importante, lo realmente importante, es que pude disfrutar de mi madre dos semanas. No podéis imaginaros hasta qué punto la echaba de menos...Su visita fue como un soplo de aire fresco en la rutina del trabajo. Últimamente vivo con la sensación de que sólo trabajo, duermo y como. Estoy contenta porque tenemos proyectos y planes, pero tampoco quiero vivir en el futuro. Y el día a día, a veces, se hace un poco pesado. Disfruto de la compañía del mejor de los amigos, pero eso no me impide echar de menos a mi madre y a mi hermana. Me acuerdo mucho de ellas. Se me hace muy raro estar tan lejos...Así que poder abrazarla fue como un bálsamo...Me dio fuerza y energía para seguir. Y me animó saber que ella se fue feliz por verme contenta, ilusionada y llena de vida. Mi madre es, sin duda, una de las personas más valientes que conozco. Siempre lo ha dado todo por nosotras sin pedir nada a cambio y a mí me dio mucha pena alejarme de ella, pero como ha podido comprobar, estoy aquí aprendiendo a ser libre y volando. A veces hay que alejarse de lo que más se quiere en este mundo para aprender a quererlo mejor aún. 
Los primeros días me sentí un poco agobiada por el hecho de que se habían gastado mucho dinero para llegar hasta aquí y yo quería que todo fuera perfecto, pero luego me relajé (siempre Miguel a mi lado...) y me di cuenta de que para mi madre todo iba a ser perfecto estando junto a mí, así que pasamos unos días maravillosos. Yo dejé de autoexigirme y me di cuenta de que así funcionaba mejor. Traté de planificarlo todo para que fuera genial sin buscar la perfección porque supongo que eso no existe. 
Palabras de gratitud a Pocha, que acompañó a mi madre en este periplo mundial, durmiendo y riendo en aeropuertos everywhere. 
Ahora parece que hace muchísimo que se marcharon, pero realmente no hace tanto...El tiempo, el tiempo...
De momento intento no pensar que me queda mucho para volver a verla. Me quedo con lo positivo que fue nuestro reencuentro y sueño con que el siguiente no tarde en llegar, pero mientras aprovecho el instante, aprendo y crezco. Cada cosa tiene su momento y yo ahora estoy aquí. 
Nos hemos prometido que volverá a acompañarme en mi siguiente viaje después de volver a España, que ya sabéis que será por Latinoamérica. Seguimos teniendo la misma idea que ya he contado anteriormente: volveremos viajando por Asia, pasaremos un tiempo en España ahorrando y luego queremos viajar a Latinoamérica. La vida da muchas vueltas, por eso es mejor vivir sin guión, pero no está de más tener ideas que ordenen el camino. Para nosotrxs ahora seguir volando es importante. 
Mamá, te estaré eternamente agradecida por tu valentía y tu amor incondicional. Estoy muy orgullosa de ti y de ser tu hija. 

miércoles, 16 de abril de 2014

Superando la onicofagia

Digamos que publico esta entrada sólo para poder utilizar una palabra que acabo de aprender...pero  de paso aportaré información trascendental.

Quiero contaros que desde que llegué a Nueva Zelanda, estoy superando la onicofagia. Quien me conoce (la madre que me parió podrá darme la razón sin ninguna duda) sabe bien que esta costumbre me ha acompañado toda la vida. He pasado épocas mejores, épocas peores...pero siempre ha estado ahí. Ni los "pintauñas" de farmacia con mal sabor, ni los guantes de comunión que mi abuela me compró en una mercería, ni apretarme con una mano los dedos de la otra, ni dedicarme a las cutículas con ahínco, ni los golpetazos que podían pillarme desprevenida y hasta hacerme daño...nada de nada. 
Pero ahora parece que lo estoy consiguiendo...

onicofagia.

(Del gr. ὄνυξ, -υχος, uña, y -fagia).

1. f. Costumbre de comerse las uñas.


En cualquier caso, les diré yo a estos señores de la RAE que no deben conocer a mucha gente con esta costumbre porque, por lo general, no te las comes sino que te las muerdes. Cuando alguna vez se me ha colado una uñilla...uy, ¡qué daño! No están para comérselas, no. La cosa es mordérselas.

martes, 15 de abril de 2014

En la vida todo llega, todo pasa y todo cambia.
Todo llega: mi madre llega en cuatro días. 
Todo pasa: disfrutaremos de unos días y luego se tendrá que marchar de nuevo.
Todo cambia: yo ya no soy la misma.
Si os digo la verdad, estoy nerviosa. No sé qué me pasa, pero supongo que está relacionado con el viaje y la llegada de mi madre. Llevo un par de días durmiendo raro y descansando poco.
El viernes es el cumpleaños de Miguel y como hoy y mañana estoy libre, voy a dedicar estos dos días a sus regalos (que no puedo mentar aún por razones obvias) y a preparar las excursiones con mi madre y Pocha (para toda aquella persona que aún no lo sepa, mi madre viene con una amiga de toda la vida). 
Vamos a pasar unos días en Bay of islands, un sitio al norte de la isla norte que (al menos a juzgar por las fotos que he visto y por los comentarios de la gente) debe ser increíble. Pero como yo tengo ocho días libres, tengo que pensar bien qué vamos a hacer para aprovecharlos al máximo. 
Miguel va a empezar a trabajar en mi restaurante (no es de mi propiedad, no) y estamos felices con ello. 
De momento, seguimos pensando en permanecer en Auckland todo lo que podamos para ahorrar lo máximo que nos sea posible y luego volar a Asia con ello. 
Hay días que echo de menos España, ya ves tú. Porque España no es un país, España es mi gente, es el sol, las cañas, pueblos y parques, ciudades y una forma de ser, un calor diferente, un ambiente sin igual. 
Pero España (aunque nadie sabe cómo o en qué condiciones) seguirá ahí. Y yo volveré algún día. 
Tengo la impresión de que el tiempo es más relativo que nunca para mí. Vivo con la sensación de que los días ya no son días sino horas y sucesión de momentos. Es como si los días durasen la mitad porque cuando yo me acuesto, vosotrxs os despertáis y viceversa. Sigue haciéndoseme extraño. 
Curiosamente, cada día echo de menos a menos gente. A menos, y menos, y menos...
Pero, como ya estaréis hartxs de escuchar, echo de menos a mi madre y a mi hermana. A rabiar. Me repito más que el ajo, ya lo sé. Por cierto, ahora compramos un hummus que se llama "gloriously garlic" que a Miguel le gusta a pesar de tener mucho ajo. El ajo es bueno para todo y es el mejor antibiótico natural. Alberto, ¿qué tal llevas los ajos en ayunas? Para todo/a aquel/la lector/a de estas líneas, sabed que comerse un diente o dos de ajo en ayunas todas las mañanas es una de las mejores cosas que podéis hacerle a vuestro sistema inmunitario.
Me acuerdo mucho de mi padre también. Le mento menos porque en mi cotidianeidad antes de marcharme él estaba menos presente (básicamente, porque vivía lejos de donde yo estaba -ahora está más lejos, claro-), pero me acuerdo mucho de él. Le pienso mucho y proyecto buenas energías hacia Benidorm. Mi padre me enseñó lo del ajo crudo, como tantas otras cosas. Mi padre, esa pequeña gran fuente de sabiduría. Mi padre, el que me ayudó a crecer y me dio tantos y tantos conocimientos y un cariño especial. No sé cómo quieren otros padres a sus retoños, pero estoy segura de que a mí el mío me quiere muy bien. 
Ayer vino un cliente de Liverpool al restaurante y como ya estaba casi cerrando, me pude permitir charlar un buen rato con él. El acento que más fácil se me hace es, precisamente, el de la ciudad natal de los Beatles, esa música con la que crecí porque mi padre tiene buen gusto musical. Con mi padre iba al Museo del Prado. Y con mi padre crecí escuchando buena música. Mi padre, ese melómano al que adoro. 
Papi, qué ganas de abrazarte...